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15 de febrero de 2015

BREVE RADIOGRAFÍA DE UN PAÍS ANESTESIADO

Un pueblo que agradece de rodillas al que le ha robado la bici nueva que éste le regale una de segunda mano. Un pueblo completamente saqueado que aplaude a ciegas a sus saqueadores, un pueblo obligado a emigrar de la forma más inhumana posible que se siente culpable de cosas que no ha hecho, un pueblo que paga continuamente por pecados que no existen, un pueblo que no puede mandar fuera de su país 50 dirhams pero entiende y acepta que los que le han quitado ese derecho tengan fortunas multimillonarias poco lícitas en el extranjero, un pueblo que se mata a trabajar por 10 euros diarios mientras desde cada puesto de trabajo se venera la foto del rey como si de un ser divino y superior se tratara, un pueblo privado de sus derechos y libertades más básicas al que le ofende más el hecho de que la gente lo sepa que el hecho de haber sido privado de ellos, un pueblo anestesiado que se repite cada día que está sano, un pueblo que sufre en primera persona la brutal represión de la policía pero se calla y se hace el ciego cuando se ejerce contra los subsaharianos, un pueblo que muere ahogado en el estrecho, que muere de frío en el Atlas, que muere tirado en casas de chapa al lado de palacios deshabitados sin que nadie señale ningún culpable, un pueblo al que le molesta sufrir el racismo pero lo practica diariamente con sus propios compatriotas, un pueblo que quiere tejados a toda costa sin tener cimientos, un pueblo que se desvive por ser representado por personas que jamás han elegido, un pueblo que cree que el progreso se mide por el número de hoteles para turistas y no por el número de escuelas con alumnos marroquíes, un pueblo que celebra las migajas que los sátrapas que lo controlan absolutamente todo les lanzan de aquello que les están robando, un pueblo que se acuesta y se levanta alabando buenas acciones como que se construyan hospitales que no dejan de ser edificios en los que si no llevas billetes no te atiende ni el Señor, un pueblo que no habla de los problemas de su país y condena y machaca al que sí lo hace, un pueblo oprimido que respeta y defiende con uñas y dientes al opresor...


Me niego a creer que el pueblo que me abrió los ojos no tiene la capacidad de despertar. Un pueblo joven, jovencísimo, que necesita todos los estímulos del mundo para hacer CLICK y empezar a funcionar de verdad. Educación y tiempo. Un diamante que no se pule solo y que jamás será pulido por aquellos que están deseando que no brille nunca. Un pueblo al que espero y deseo ver crecer, casi tanto o más que al mío. Educación y tiempo. Un pueblo al que sólo le pido que no me deje marchar para siempre sin haber podido decir antes "he visto grandes mejoras desde que lo conocí." Sólo eso. Educación y tiempo...

11 de enero de 2015

SER CORRUPTO POR UN CAFÉ SOLO

Hace unas horas ha llegado hasta mí este vídeo en el que se pone de manifiesta una vez más la evidente corrupción sistemática existente entre la policía marroquí.

Corrupción entre la policía marroquí como forma de vida, allá donde mires. Una de las grandes lacras que existen en Marruecos, un problema aparentemente difícil de solucionar. Una de esas cuestiones que, sin ser mi país, me hacen sentir profunda vergüenza. Profunda hchouma. Uno de los grandes males de la población marroquí. Un pueblo que es el principal perjudicado de todo esto, más allá de lo que temporalmente puedan padecerlo los turistas. Una policía arrogante, déspota y opresora que antes de empezar a hablar pone la mano. Una corrupción insultante que a veces intenta justificarse bajo el lema "Es que con el sueldo que cobran...". Como si eso te diera derecho a ser un buitre, abusar de tu poder, sobornar y extorsionar a cualquiera que se cruce en tu camino. (Nota para los que no lo sepan. 50dh son algo así como 5€. Ser corrupto por 5€ para repartir entre 2.)


Por suerte, sólo en contadas ocasiones he tenido que presenciar situaciones similares. Una de ellas ocurrió hace pocos meses en Fez, durante la Fiesta del Cordero. Eran algo así como las 5 de la tarde y nos dirigíamos con el coche a dar una vuelta por la medina. Yo era la única mujer española, el resto todo hombres marroquíes, y aparcamos el coche fuera de una de las entradas principales, junto a otros 6 o 7 vehículos que estaban allí estacionados. Como suele ocurrir en estos casos, sin saber de dónde, apareció un policía con su camisa azul, sus pantalones oscuros y sus botas militares. Un policía muy moreno, delgado, larguirucho, con bigote, de unos 55 años. Uno de esos policías a los que, en cuanto ve una matrícula de fuera, se les ilumina la mirada.

Después de un cálido saludo a todos los presentes y sin dejar de sonreír nos dijo: Ahí no se puede aparcar. Mientras se apoyaba en otro de los coches aparcados. ¿Por qué no?, le dijeron. Porque no… Que no se puede. Fueron varios minutos de conversación aparentemente distendida, en los que el agente lo único que buscaba realmente, como viene siendo habitual, es que el pringao de turno le soltara unos cuantos dirhams para dejarnos marchar.


Para mi sorpresa, finalmente dejamos el coche allí y nos adentramos en la laberíntica medina sin haberle dado ni una sola moneda al policía. Después de varias horas de paseo, compras por el zoco, Hawaii y batidos de aguacate volvimos al coche. Y - oh sorpresa - allí estaba el policía. Sentado en una silla destartalada custodiando nuestro vehículo. De nuevo, con una simpatía sospechosa, nos dijo que nos habíamos dejado el coche abierto y que, para que nadie le hiciera nada a nuestro querido tomobil, se había quedado allí  - como buen samaritano – cuidando de él.

Ni que decir tiene que si antes ya esperaba recibir flus, ahora directamente esperaba una jugosa recompensa. Tras varias negativas y viendo que ya estaba perdiendo demasiado tiempo con nosotros terminó por rendirse, no sin antes soltar su última perlita de la noche con cara de corderito degollado. Khouya, ¿ni para un cafecito me vais a dar? Y un garro, le faltó decir. Aunque no soy yo de colaborar con esta lacra, mucho menos llegados a ese punto, he de reconocer que uno de los jóvenes marroquíes - a los que estas situaciones les resultan de los más cotidianas y habituales - le dio varios dirhams. Lo justo para que se tomara un café solo después de una ajetreada tarde sentado al lado de un coche español, velando por la seguridad de sus queridos compatriotas.