Anochecía en la ciudad y las llamadas a la oración desde las
mezquitas lo envolvían todo. Los fieles se preparaban para romper el ayuno y él
sólo pensaba en comérsela a besos. Durante el día se evitaban. Debían evitarse, aunque a ella le doliera que así tuviera que ser. Pero al caer la
noche se buscaban. Y siempre, siempre se encontraban. Ellos ni siquiera lo sabían pero habían vivido para
encontrarse. Se acompañaban a estar solos. Se perdían juntos y disfrutaban de ese momento que, a pesar del paso de los años, no dejaba de ser único. Ese instante mágico que duraba horas. La sensación de estar solos en el mundo, de que no existía nada más que su olor y
su calor. Un mundo por descubrir, dos cuerpos por explorar. Sus susurros
calaban hasta los huesos y sus palabras le hacían estremecer. La eterna
tentación. Un aire de vida incontrolable que arrasaba todo a su paso. Silencio. El olor de la colada y la brisa de verano que les abrazaba. Sus manos. La farola de la calle que iluminaba
vagamente la azotea y, sobre todo, la luz de sus ojos. De sus ojos negros. Su calma y su tempestad. Las ganas de parar el
tiempo para siempre y poder hacer de su ilusión una eternidad. De unirse para ser una única persona. La persona que siempre desearon ser. Una persona especial. Confidentes y amantes.
Hermanos y cómplices. Ellos. Dos locos que se respetaban tanto como se adoraban.
Que se amaban tanto como se admiraban. Estaban locos el uno por el
otro. Juntos se sentían a salvo, en paz. Se sabían invencibles. Él era su ángel
de la guarda, el mismo que le había enseñado a volar. Y ella… ella era la única
que le había visto llorar como en su día lo hizo el mar.
Carlota Miranda
