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10 de agosto de 2016

LAS CADENAS DE LA LIBERTAD

No he practicado este deporte en mi vida. Por eso, si alguien me dijera mañana "¿Te vienes a jugar al volley en la playa?", mi sentido común - acertado o no - me llevaría a vestirme para la ocasión de una forma que no se parece a ninguna de las de la imagen. No por nada, sino por todo. Pero como desconozco por completo qué sería lo más apropiado para sufrir lo menos posible durante el partido, mi opinión al respecto importa más bien poco.

(...) Todos son deportistas olímpicos pero basta con leer estos días los titulares sobre los Juegos para darse cuenta que de ellos importa su profesión, sus medallas y sus logros. De ellas, sin embargo, su físico, su ropa y su marido. Una vez más. Ellos, el talento. Ellas, la imagen. Ellos, personas que admirar. Ellas, objetos que mirar.


Pero, volviendo a la famosa imagen, yo lo único que sé es que si realmente los deportistas pueden elegir su indumentaria, me sorprende que los hombres nunca elijan cubrirse la cabeza. Igual que me sorprende que nunca decidan jugar en bragas. Es importante asumir de una vez por todas que el hecho de que algo sea normal culturalmente no quiere decir que no sea sexista. Y si, por definición, el sexismo es la "actitud discriminatoria que hace distinción de las personas según su sexo" estaremos de acuerdo en que a ambos lados de la red existe buena dosis de sexismo. Hay una verdad innegable y es que ningún hombre elige jugar así a este deporte. Ninguno. Nunca. En ningún lado. De ningún país. Ni uno. ¿Por qué? Ese es el debate. El día que reconozcamos que lo que cada uno entendemos por "libertad" viene marcado por los valores sociales, religiosos y culturales con los que convivimos, habremos madurado un poco. Mientras tanto, seguiremos como siempre. Aprovechando cualquier coyuntura para decirle a las mujeres qué ropa ponerse y, sobre todo, qué ropa quitarse. De los hombres, claro, ni mú. Que para eso vivimos en un mundo patriarcal, hombre. 

25 de junio de 2014

RESPUESTAS IRÓNICAS A PREGUNTAS ESTÚPIDAS

Wadi N-Daghestani es una joven española y musulmana, residente en un país árabe, que harta de las preguntas estúpidas de los más ignorantes y de los prejuicios de los menos tolerantes quiere compartir con nosotros - desde la mayor de las ironías - la realidad de tantas mujeres que antes de ser musulmanas, son mujeres.


"Respuestas nada irónicas que se me ocurren a preguntas estúpidas que tanto se me han repetido a lo largo de mi vida sólo por ser musulmana:

- Si, soy musulmana. No, mora no. No, no es lo mismo. Que no, que mis padres son árabes. Árabes, árabes. Si, de por allá a tomar por saco, ¿Osama bin Laden? Pues por ahí.

- No, no soy inmigrante. Si, nací aquí. En España. Ya, ya, por eso no me notas acento.

- No, qué voy a estudiar yo... Me casaron con quince años. Mi padre era un extremista islámico.

- Hombre, muy ignorante no soy. Sé leer y escribir.

- No, no tengo pelo debajo de mi pañuelo. Por eso me tapo la cabeza, porque soy calva. Todas las mujeres musulmanas nacemos sin pelo por ley islámica.

- Sí, me tapo de mi marido. Y de mi padre. Y de mis hijos, mis tíos, mis hermanos y de la madre que los parió a todos ellos. Es que soy muy practicante.


- Claro que me ducho con el pañuelo en la cabeza. Y no me lo quito por nunca jamás, por eso nunca he tenido piojos.

- Sí, suelo ir a la playa con bikini y velo. Y voy marcando tendencias, oye...

- No, mis padres no me escogieron pretendiente ni me vendieron por un camello. La negociación empezó a partir de cuatro y un burro...

- No, mi marido no se va a casar con otra por ser musulmán. Se va a casar con cuatro. Es que es muy mujeriego... pero me ha dicho que yo soy su favorita. Y eso me hace tan feliz...

- Hombre, mi marido, pegarme lo que es pegarme, no. Como mucho un par de hostias al día, oye. Pero cuida que yo no soy ninguna santa, ¿eh?.

- No, no bebo alcohol ni como cerdo. Sí, sí, ya sé que no sé lo que me pierdo. Algún día lo superaré. Deja de regocijarte en mi miseria, capullo.


- Claro que no puedo bajar a la calle sola, ni pasear, ni salir con amigas, ni leer, ni realizarme, ni tener vida social, ni hablar con extraños, ni ir al cine, ni estudiar, ni divertirme, ni viajar... qué carajo. Eso es pecado en mi religión.

- Soñar y pintarse las uñas de los pies también está prohibido.

- Sí, mi marido me encierra con llave en casa todos los días. Sigue la tradición de lo que mi padre hacía con mi madre. Es muy protector y celoso. No tengo vida más allá de él, ni la quiero. Él es mi mundo y yo estoy a sus pies...

- Nunca le llevo la contraria a ningún hombre musulmán, ¿estás loco? Podría acabar lapidada.

- ¿Trabajar fuera de casa? No, hombre, no... El lugar de la mujer está en la cocina.

- En mi religión, los hombres mandan de toda la vida de Dios. Ellos son superiores por decreto divino y saben más, mucho más, a dónde vamos a parar. Dios los hizo amos del universo y mucho más inteligentes. Tienen más derechos que nosotras, pero porque nosotras somos el sexo débil. Se lo debemos todo a ellos. Nos obligan a taparnos, nos someten día y noche y toman todas las decisiones en nuestras vidas... Además, todo eso lo hacen por nuestro bien.


- No, no soy sumisa. Yo decido qué voy a cocinar todos los días.

- Mi vecino también se deja barba, y reza cinco veces al día. Es un radical islamista. De Al-Qaeda o ISIS, por lo menos.

- Hombre, las bombas al cuerpo me las pongo sólo en ocasiones especiales. El resto del tiempo, suelo ser muy normal.

- Claro que sí. Según la yihad islámica, matar a inocentes es justificable. Y cuanto más inocentes, más niños, más mujeres y más yankis, mejor. Ese el espíritu del Islam.

- No, en Ramadán ni como ni bebo desde el alba hasta la puesta del sol. Yo tampoco entiendo cómo sigo viva. Mil gracias por preocuparte por mi salud, y que la resaca te sea leve.

(...)


Que hay retrógados y musulmachos en las sociedades árabes, es evidente. Por desgracia, la in-cultura patriarcal está en todas partes. No quiero hablar del terrorismo machista eurocentrista y sus víctimas en los países occidentales, ni de porcentajes de "afectadas" aquí y allá... Me parece cínico hablar de cifras. Parto de la base de que si tocan a una, nos tocan a todas. Sin embargo, éste no es el tema a tratar ahora, ni estoy aquí para atacar a nadie. Escribo esto para defender nuestra integridad como mujeres musulmanas, prostituida hasta el asfixio y expropiada de su realidad. Una realidad que nos pertenece a nosotras, no a la CNN, la BBC, pelis made in Hollywood o series rodadas en Ceuta con un alto contenido en islamofobia.

Que hay mujeres sometidas, ignorantes y oprimidas en el mundo árabe es evidente. En realidad, por desgracia, las hay también en todas partes. La sutil diferencia es que en todas las sociedades del mundo este horror se asocia a personalidades con trastornos de inseguridad, de ciertas clases sociales, que no han tenido acceso a una educación que promueva su emancipación, o que han vivido en el seno de familias y sociedades de estructura patriarcal. En definitiva, a la falta de medios y de cultura.


En todas las sociedades, se asume la des-educación como el motivo principal de la sumisión de las mujeres. En todas, menos en los países árabes... donde "desde aquí" "se asume" que la opresión "se asocia" al Islam. ¿A qué estamos jugando? Desprestigiar sin base y catalogar con ignorancia acaba teniendo un precio que pagamos todos. También aquí, cuando se acaban radicalizando personas que han sido fruto de la marginación o la exclusión social por pertenecer a un colectivo determinado. Para nada justifico los extremismos, hay que combatirlos de forma tajante; pero es cierto que alimentarlos con odio no es precisamente la manera más inteligente de tratar con ellos. Y darles un clavo ardiente a lo que agarrarse para que se incendien, tampoco.

Si además se fomenta la islamofobia a base de estereotipos insanos, falsos desde su raíz, y un despotismo enfermo de ceguera moral, no esperemos cosechar nada bueno. Si no aparcamos los prejuicios y construimos en lugar de destruir y fomentar el odio, nos espera un futuro incierto y para nada esperanzador. Si leyéramos más, contrastáramos más la información y la sometiéramos a un filtro de autocrítica antes de difundirla o simplemente creérnosla, no viviríamos en sociedades tan alienadas y estereotipadas. Porque la ignorancia no tiene fronteras. Y los prejuicios, tampoco. Hoy nosotras tomamos la palabra... que bastante hemos callado ya."

5 de marzo de 2014

‘EL PRÍNCIPE’ Y LA REALIDAD

‘El Príncipe’ ha causado furor y, cada martes, más de cinco millones de espectadores siguen las historias que se desarrollan en el barrio ceutí que da nombre a la nueva serie de Telecinco.

No voy a hablar del montaje, ni del guión, ni de la trama, ni de la realización, ni de esas imágenes horribles llenas de color que no pueden disimular lo artificiales que son… Cada uno tendrá su opinión personal y no creo que aporte demasiado hablar de la mía. Pero creo que sí es importante hablar de hasta qué punto se refleja la realidad.

Antes de nada, aunque he visitado Ceuta nunca he ido al barrio de ‘El Príncipe’ pero dudo bastante que sea un lugar tan limpio, tan rico en colores y decorados, tan nuevo y tan poco transitado. La intuición y la experiencia me dicen que debe tratarse de un lugar bastante poco amigable, siempre lleno de gente, de tiendas, de cafeterías, de zocos…

En Tánger

Es difícil defender la idea de que se busca mostrar al espectador, de forma transparente, la verdad de la cultura árabe en general y marroquí en particular cuando se siguen utilizando topicazos a mansalva. Topicazos responsables de que la mala fama de algunos, por desgracia, vaya cada vez a peor.

Hablar del mundo árabe y presentarlo siempre de manera tan esteriotipada, rodeado de hachís, terrorismo, radicalismo, extremismo y yihadistas por doquier, no ayuda demasiado a que la gente deje de relacionar directamente barbas con kamikazes y chilabas con atentados en Nueva York. Por enésima vez, una serie de televisión se centra en una realidad demasiado oscura que la inmensa mayoría de musulmanes condena igual que lo hacemos los que no lo somos.


El Corán en Tetuán

Cada vez que en televisión alguien se arrodilla para rezar – igual que vosotros os arrodilláis en la Iglesia – termina apareciendo un arma. Cada vez que suena una llamada a la oración, por alguna extraña razón, termina apareciendo un suicida. Y cada vez que alguien dice Allahu Akbar (Alá es grande) es para terminar inmolándose in situ.

“Por esta razón, prescribimos que quien matara a una persona que no hubiera matado a nadie ni corrompido en la tierra, fuera como si hubiera matado a toda la Humanidad. Y que quien salvara una vida, fuera como si hubiera salvado las vidas de toda la Humanidad.” (Corán 5:32)

Luego, claro, vienen los sobresaltos. Llegan a Marruecos, o a cualquier país musulmán,  y se encuentran que, sin previo aviso, alguien se pone a rezar en la misma habitación en la que están y se quedan paralizados ante tal hecho. O están paseando por la calle y escuchan la llamada a la oración, cinco veces al día, desde cada mezquita de la ciudad en la que se encuentran, con varios megáfonos en cada una de ellas. Una mezquita en la que hay un imán – el hombre encargado de realizar la llamada - que no deja de repetir Allahu Akbar, Allahu Akbar. Y a alguno de los que únicamente conoce el mundo musulmán desde el otro lado de la pantalla sólo le falta cronometrar los segundos que quedan para que explote la bomba esa que siempre explota después de que alguien dice que Alá es grande. Es un error prejuzgar de esa forma tan brutal, más aún si nos dejamos llevar por la ignorancia.

Mezquita de Hassan II en Casablanca

Otro tema interesante es el trato que se le da a las mezquitas, vendidas siempre como joyos oscuros en medio de suburbios, sin luz ni ventilación, que sirven de academia perfecta para aprendices de terrorista. Está claro que los que se empeñan en trasmitir esa imagen nunca han visto una. Y si la han visto no se acuerdan. Evidentemente habrá locales concretos en ciudades determinadas destinadas para tal fin, pero vender siempre la misma barbaridad es, para que nos entendamos, igual de temerario y surrealista que afirmar que cada Iglesia cristiana es una escuela de pederastas. De la misma forma que el cura pederasta es pederasta por estar mal de la cabeza y no por ser cura, el musulmán suicida es suicida por estar mal de la cabeza y no por ser musulmán.

Por otro lado, si con el papel de la protagonista Fatema en la serie se quiere enseñar al espectador cómo es la mujer musulmana apaga y vámonos. Las conversaciones con sus amigas, los escarceos diarios con el poli, el beso en la calle con su futuro marido y esa forma inédita de ponerse el pañuelo en la cabeza recuerdan poco a las mujeres marroquís y musulmanas. De hecho, nunca he visto a una musulmana llevar un hiyab de esa manera; o les cubre el cabello por completo o no lo llevan. Pero eso de utilizarlo para despejarse la cara y que se vea lo guapita que eres no suele ser habitual…

En Assilah

Tampoco entiendo demasiado bien a qué viene no traducir las partes del diálogo que son en árabe. Se sigue fomentando así esa idea de que si alguien habla en árabe es porque algo - malo - se trae entre manos. Algo turbio, algo que el resto no debe saber. Aunque digan 'ya lo sé', '¿qué has dicho?' o 'gracias a Dios', el espectador siempre terminará pensando que el morito la está liando.

Ah. Y, ahora que sacáis el tema, creo que ya ha llegado el momento de dejar de abusar del término ‘moro’, siempre empleado de forma tan peyorativa, como sinónimo de ‘gentuza’. ¿No?