Mostrando entradas con la etiqueta racismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta racismo. Mostrar todas las entradas

28 de marzo de 2015

AGRESIÓN EN EL METRO DE BARCELONA

“Esta tarde iba con dos amigas en el metro, concretamente a las 17.30h en la línea 3 del metro de Barcelona. Íbamos a prepararle una sorpresa a una amiga nuestra, mientras charlábamos (en español). Una mujer no dejaba de observarnos y mirarnos con mala cara. La misma mujer que, después de un rato y en un tono agresivo le dijo a mi amiga: “Tú, la del pañuelo, no me mires.” Ni que decir tiene que mi amiga, como nosotras, ni siquiera se había percatado de que aquella mujer estaba allí hasta que habló. Acto seguido se quedó libre un asiento justo delante de nosotras y vino para sentarse ahí. Comenzamos a tener una conversación en árabe y, de repente, empezó a insultarnos a las tres. “Putas, fulanas, hijas de puta, iros a vuestro país…” Lo que la mujer no sabía es que alguna de nosotras ha nacido en el mismo país que ella...

El silencio que había en el metro era cada vez más incómodo y la mujer no dejaba de alzar la voz. Cuando por fin nos hartamos de ignorarla, de no mirarla, de no responderla… las dos que no llevábamos hijab le devolvimos la mirada desafiante y, sin mediar palabra, nos lanzó una botella de agua que impactó en la cabeza de mi amiga, provocándole un fuerte hematoma. Empapadas tras la agresión, indignadas y llenas de rabia e impotencia por el poco respeto y la absoluta pasividad e indiferencia de la gente presente que nos estaba observando callada sin decir ni hacer nada, nos levantamos y nos enzarzamos en una discusión que acabó en agresión. Una agresión que, aparte de los arañazos, dejó a mi amiga con un horrible puñetazo en el ojo.Fue en ese momento cuando uno de los chicos que ya había bajado del vagón, volvió a entrar y tiró al suelo a la mujer. Esta se levantó y volvió a increparnos. Aparecieron de no-sabemos-dónde dos hombres rapados, de complexión fuerte, y nos agarraron por el cuello dejándole a mi amiga el hombro en el siguiente estado, según el informe médico: “presenta dolor fuerte en zona escapular y a la movilización del hombro izquierdo tras haber recibido agresión directa por impacto de objeto y manotazo.”

Sin saber bien qué hacer, empezamos a insultar en castellano y en árabe. Afortunadamente, el metro paró en el momento exacto y un hombre árabe que nos escuchó y vio lo que nos estaba ocurriendo entró a ayudarnos.


¿Hasta cuándo puede seguir siendo esta sociedad así de individualista? ¿En qué nos estamos convirtiendo? ¿Dónde están los valores de la humanidad? ¿Estamos dispuestos a quedarnos mudos ante situaciones así? Hartas de este mundo de apariencias, de este mundo de desilusiones. De la negatividad expresada por los medios de comunicación.  De que sólo se dediquen a sembrar de odio entre nosotros.

Por eso, hacemos una llamada a la lucha. A la lucha diaria y constante. Estamos convencidas de que el cambio es posible. Sólo se trata de creer que efectivamente existe una vida más sana y feliz, basada en el respeto, la tolerancia, la convivencia y el amor. Dejemos de lado, de una vez por todas, tanto egoísmo y tanta falta de empatía. Al final, todos estamos hechos de la misma masa.

Hoy nos ha tocado a nosotras, pero mañana quizá les toque a vuestras hermanas, madres, hijas... Y sentiréis lo que hemos sentido nosotras hoy. Un odio y una indignación horrible hacia la peor cara de nuestra sociedad. Una vergüenza y un desprecio total por todos los que se han quedado callados, sentados, sin hacer nada. Y un enorme agradecimiento por aquellas personas que estuvieron hasta el final haciendo de testigos y acompañándonos en el momento decisivo. El momento de denunciar en comisaría lo ocurrido."


Estas son las tres chicas que ayer vivieron muy de cerca la cara más cobarde, ruin, vacía, inculta, hipócrita, ignorante, retrógada y despreciable de nuestro país.

Ferdaus, joven de 19 años estudiante de Filología Árabe en la Universidad de Barcelona.
Huda, joven de 18 años estudiante de Ciencias Políticas en la Universidad de Barcelona.
Safaa, joven de 18 años estudiante de Gestión y Administración Pública en la Universidad de Barcelona.

¿Hasta cuándo, joder? ¿Hasta cuando nuestras calles van a apestar cada vez más a odio, racismo e islamofobia? ¿Hasta cuándo vamos a seguir consintiendo que haya jóvenes como ellas que se sientan extranjeras en su propio país? ¿Hasta cuándo va a seguir la gente sacando el móvil para grabar agresiones y humillaciones en vez de ayudar? Me sale fuego de las manos... ¿Hasta cuándo vamos a seguir siendo cómplices en silencio de las barbaridades de los más miserables? ¿Hasta cuándo vamos a seguir haciéndonos los mudos, los ciegos y los sordos? ¿HASTA CUÁNDO?

13 de diciembre de 2014

ENTRE IGNORANTES ANDA EL JUEGO

Me acuerdo muchas veces de aquella tarde. Volvía a España para trabajar como ingeniera después de mi estancia en Rabat. Volvía a mi país después de haber vivido la mejor experiencia de mi vida. No dejé de llorar desde que me marché de la casa en la que había residido con una familia marroquí. Recordaba todo lo vivido, toda la gente que había conocido, todo lo que había aprendido... y sólo podía hacerlo entre lágrimas.  Lágrimas de pura alegría. Lágrimas de pura tristeza. Tocaba cerrar esa etapa para empezar una nueva y nada más llegar al aeropuerto de Barajas, en Madrid, toda esa emoción que llevaba acumulada se manifestó rápido en forma de rabia...

Una  vez que los pasajeros ya teníamos nuestras maletas nos dirigíamos casi en fila india, como suele ocurrir en estos casos, hacia la salida. La inmensa mayoría eran marroquíes y, aunque aún no sé muy bien de dónde salieron, venían también dos mujeres que trabajan en el aeropuerto. No tenían pinta de ser azafatas pero iban trajeadas. Recuerdo que una de ellas me llamó especialmente la atención por la (asquerosa) manera que tenía de mascar el chicle. No dejaban de cuchichear entre ellas y de mirar a los pasajeros por encima del hombro, con esa actitud chulesca que sólo lo más ignorantes saben tener.


Después de un paseíto les perdí la pista y, cuando me disponía a entrar con mi mochila y mi maleta en uno de esos ascensores inmensos del aeropuerto, allí estaban ellas. Mascando chicle y sin parar de cuchichear. Entré, junto con otra pareja, y detrás mío venía una joven marroquí de unos 35 años, sola con sus maletas y su temido hijab. Yo estaba dentro, de cara a la puerta, y a las señoritas las tenía detrás. A mi izquierda. La chica magrebí se dispuso a entrar y la rubia teñida mascachicles, ante el atrevimiento de la joven de querer compartir un ascensor con una occidental de su categoría, dijo: 'No, esta no cabe.' Así, a bocajarro. Literal. 'Esta no cabe.' Salí de repente de la nube en la que me encontraba, recordando momentos inolvidables en Marruecos, y no pude evitar girarme. Sólo me salió decir: '¿Por qué no cabe? ¿Porque lleva un pañuelo?'. La mujer, acostumbrada a ladrar sin que nadie le recrimine nada, se quedó sorprendida y dijo: 'No, bueno... es que no queda mucho sitio...' Sin decir nada más, me hice a un lado y la joven marroquí entró en el ascensor - sin ningún problema de espacio - agachando la cabeza y sin decir ni mú. Aburrida ya, supongo, de escuchar barbaridades similares.

Pocos minutos antes la había visto en el avión, hablando entre risas - en perfecto español - con una pareja que iba sentada a su lado. Y toda esa emoción que llevaba yo encima se transformó rabia al escuchar semejante frase. Rabia por ver que a una joven se la trata mal por querer entrar en un ascensor. Rabia por saber que aquella chica entendía el idioma y tuvo que escuchar lo que la mascachicles quiso decir. Rabia porque no sólo no se vio con fuerzas para decir nada sino que agachó la cabeza y se quedó parada, como la rubia quería. Rabia porque si, con razón, la joven estalla y contesta mal, no le habría faltado tiempo a más de una para llamarle maleducada. Aparte de recalcar, claro, que "es que esta gente no se integra".


Pocos meses después, una mañana de sábado, me encontraba en Barbastro, el pueblo de Huesca en el que vivo. Una mujer de unos 60 años iba cargadísima con las bolsas de la compra y cuando se disponía a cruzar por el paso de cebra las bolsas cedieron y toda su compra acabó en el suelo. Un marroquí de unos 40 años se encontraba a su lado e, instintivamente, se agachó para ayudar a la mujer a recoger todo aquello. La señora, en cuanto lo vio, le apartó con las manos mientras repetía: 'Quita, quita.' No vaya a ser que le pegue algo. El hombre, con más cara de asombro que de otra cosa, se levantó y siguió su camino. Como si allí no hubiera pasado nada. Aburrido ya, supongo, de vivir situaciones similares. ¿Qué hubiera pasado si, con razón, le hubiera dicho a la mujer: 'Ale, ahora lo recoge usted sola, ignorante.'? Una vez más, mal educado, machista y moro de mierda hubieran sido los mejores calificativos que hubiera tenido que aguantar.

¿Qué ha hecho esa chica para tener que sentirse despreciada por querer entrar con maletas en un ascensor? ¿Por qué el hombre, sólo por haber nacido donde ha nacido, tiene que aguantar que se le trate como a un apestado? ¿Por qué algunos, en pleno siglo XXI, todavía se creen que la tierra que pisan y el aire que respiran les pertenece? ¿Cómo nos sentiríamos si fuéramos a entrar en un ascensor en Alemania, Finlandia o Noruega y alguien de allí nos dijera: 'Uy, no. Los españoles aquí no caben'? ¿O si en Holanda, Inglaterra o Australia fuéramos a ayudar a una mujer mayor y nos apartara de mala manera diciendo: 'Quita, quita, que eres español'¿Por qué si cuando nosotros vamos a otro país no queremos que, ni por asomo, se nos relacione con miles de violadores, pederastas, asesinos, terroristas y ladrones que han nacido en nuestro país pero somos los primeros en despreciar a otros sólo por ser de dónde son? ¿Por qué nos creemos con el derecho a jugar a ser Dios?