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13 de enero de 2016

SOBREDOSIS DE FALSA MORAL Y DOBLE RASERO

Si un inmigrante se corta con las cuchillas que no cortan, se abre la cabeza saltando la valla y se le opera, está llevando a pique nuestra sanidad pública. Pero si el Gobierno recorta ayudas y presupuestos para la sanidad de todos es porque hay que hacerlo así. Porque no hay dinero han dicho.

Si una mujer musulmana se cubre el pelo es porque es una sumisa oprimida sin voz ni voto. Pero si lo hace una monja es porque es fiel a su religión.

Si tu abuela aparece en aquella foto con un pañuelo cubriéndole la cabeza es porque era una mujer tradicional. Si lo lleva la morita de tu barrio es porque, como la pobre es tonta, le han comido el coco.

Si una joven decide vestir de forma recatada es una amargada malfollada. Pero si decide desnudarse es una mujer libre.

Si tu hijo comparte clase con un niño extranjero, su escaso conocimiento del español retrasa a toda la clase. Pero si el Gobierno recorta para que cada vez haya menos profesores es también porque hay que hacerlo así. Y, sobre todo, si tu hijo - por tus circustancias laborales - tiene que estudiar en un cole de fuera que le pongan con los de su edad, no con los que no saben bien el idioma. Faltaría más.



Si a nuestra gente se le trata mal durante su exilio es porque la sociedad que los acoge es despreciable. Si los que vienen a España se quejan de que no se les trata bien es porque no ponen nada de su parte.

Si los españoles nos vamos a Europa es para buscar un futuro mejor. Pero si los inmigrantes vienen a España es para robarnos el trabajo (ese que, por cierto, ninguno hemos hecho nunca).

Si nuestros amigos emigran sin saber muy bien el idioma, ya lo aprenderán ¿no? Pero si vienen extranjeros aquí... ¿cómo se les ocurre querer trabajar sin dominar el castellano? ¿Están locos?

Si alguna vez has cobrado en negro te quieren hacer sentir culpable con un anuncio televisivo diciendo que "Hacienda somos todos". Pero si tienes cientos de millones en paraísos fiscales, el fiscal de turno termina por defenderte alegando casi que Hacienda no existe.

Si una persona mayor y sin estudios compra engañada preferentes, es una persona responsable con conocimientos fiscales y tributarios. Pero si una licenciada en Ciencias Políticas con Máster de Economía Internacional y es infanta de España no tiene ni conocimientos fiscales y tributarios.

Si se comete un atentado en París, obra del archiconocido Estado Islámico, lamentamos profundamente la existencia del mismo, tanto que hasta ponemos la bandera de Francia en Facebook. Pero si los sirios huyen de su país para no vivir diariamente con las atrocidades que estos (y otros) cometen, les cerramos las fronteras.
Si un árabe viene con dinero a España le llamamos jeque. Pero si es pobre le llamamos moro. Aunque no sepamos ni lo que es ser árabe ni lo que es ser moro.

Si viene de fuera, es un problema, es malo. Una invasión, una amenaza, un peligro, un atraso. Si es de aquí... ya lo hablaremos en otro momento. Y si es de aquí pero sus ascendentes eran de fuera, no hay mucho más que debatir. Algo malo le han dejado en la sangre. Seguro.




Si Salah Abdelsalam comete un atentado en Occidente es de origen argelino. Si Benzema hace un partidazo es francés.

Si un inmigrante viste como nosotros, se divierte como nosotros y habla como nosotros es que está integrado en nuestro país. Si no, no.

Si nos enteramos, aunque sólo sea de oídas, de un acto machista en otro país, nos falta tiempo para llamar terroristas musulmanes a nuestros vecinos. Pero cuando volvemos a ver en televisión que un hombre mata a su mujer en España no sabemos ir más allá de la pregunta "Jolín, ¿y por qué no se ha suicidado él antes?"

Si algo tiene que ver con el Islam es machista y patriarcal. Pero si es judío, no. Para nada. Y si tiene que ver con el cristianismo muchísimo menos aún.

¿Me ayudáis a seguir con la interminable lista de ejemplos de falsa moral y doble rasero?

23 de febrero de 2015

MUCHA LIBERTAD Y MUY POCO RESPETO

Estoy bautizada e hice la comunión. Toda mi vida estudié en colegio de monjas. Llevé uniforme hasta que cumplí 16 años y todas las semanas iba a misa. No por vocación, evidentemente, sino porque un centro religioso es lo que tiene. Rezábamos cada mañana al llegar y antes de bajar al recreo, nuevamente, rezábamos el Ángelus. Con la edad que tengo, aún puedo decir que he estado más de media vida rezando. Si se le puede llamar rezar a eso que yo hacía…

Pero, como todos sabemos, haber estudiado toda tu vida en un colegio así no te hace cristiano. Y, no sólo eso, sino que no evitó que – al igual que muchos – recurriera a menudo a bromas fáciles y críticas ácidas sobre la religión, a imágenes satíricas y chistes recurrentes que siempre parecen caer en gracia… Supongo que tanto la inmadurez como el desconocimiento hacían que, aunque nunca con mala intención, me mofara de algo que ahora ni se me ocurre.

Iglesia en el centro de Rabat.

Es más fácil aprender a hablar que aprender a callar. Y yo a callarme aprendí en Marruecos. Y lo aprendí tan pronto como comprobé lo importante que es la religión para un musulmán. Es tan importante que se convierte en una forma de vida. No sé bien si por mi educación, por mi manera de ser, por mi personalidad o por mí manera de entender las cosas soy incapaz de creer en la existencia de un Dios, pero eso no quita que sienta un profundo respeto por todos aquellos que entienden de forma sana y sensata la religión y les ayuda a ser mejores personas. Y es que, dicho sea de paso, si no te ayuda a ser mejor persona, creo que no se le debe llamar religión…

No seré yo quien critique la tan nombrada libertad de expresión (¡bendita sea entre todas las libertades!) pero, para mí, el respeto va antes que la libertad de expresión. Quizá porque soy más de dar lo que me gusta recibir que de usar mi libertad de expresión para decir lo que me venga en gana cada vez que surja la oportunidad. Podría hacerlo, porque soy libre, pero si con lo que voy a decir sé perfectamente que voy ofender a una persona a la que quiero y, por encima de todo, respeto… ¿para qué voy a seguir por ahí? Y mira que me gusta a mí la ironía pero... ¿qué satisfacción personal me puede provocar ofender al personal? ¿Qué necesidad tengo de hacer sentir mal gratuitamente a alguien que no me ha hecho nada? ¿A quién se le ocurre hacer bromas sobre ciertos temas sabiendo que gente a la que aprecias le hieren esas palabras? Me podrá parecer más o menos razonable su manera de entender la vida, podré entender mejor o peor su ideología, me podrá gustar más o menos su idea de anteponer la religión a cualquier otra cosa pero… ¿quién soy yo para reírme de la creencias de nadie? ¿Por qué cuanto más nos reímos de las ideas de los demás más libres nos creemos? El primer paso para ser libres es aprender a hacer buen uso de la libertad. Y no sé yo hasta qué punto lo estamos haciendo bien...

1 de febrero de 2015

AÚN QUEDA MUCHO POR HACER

Corría el año 2013 y yo acababa de volver de vivir en Rabat. Aquella había sido probablemente la mejor experiencia de mi vida y tenía los sentimientos más a flor de piel que nunca. La vuelta a la realidad en España fue difícil, especialmente cuando nada más llegar me hicieron una entrevista de trabajo, cuanto menos, peculiar. Una importante empresa de ingeniería del norte de nuestro país se había interesado por mí y, como tantos otros jóvenes españoles, acudí a la entrevista sin demasiadas expectativas.

Nada más llegar me recibió un hombre trajeado, de unos 45 años. Entramos en una pequeña sala en la que sólo había una mesa blanca redonda con varias sillas del mismo color a su alrededor. Un sala en la que hacía un frío que me impidió quitarme el abrigo en un buen rato. Después de desearme unos buenos días lanzó su primer perla:
- ¿Crees que ser mujer es un handicap a la hora de desarrollar un trabajo de ingeniería?
Esto empieza fuerte, pensé. Quise creer que aquello era más parte de su trabajo que de su personalidad pero eso no evitó que me sentara como me sentó.
- Para mí evidentemente no. Lo será en todo caso para aquellas empresas que no quieren contar con mujeres sólo por el hecho de ser mujeres…
  
Después de varios minutos leyendo el escueto currículum de una joven ingeniera de 24 años me dijo:
- Así que vivías en Londres y, sin tener nada allí, decidiste marcharte a vivir a Rabat..
- Ahá
- ¿Y a quién se le ocurre cambiar Inglaterra por un país... árabe?
Aunque dijo ‘árabe’ con todo el rintintín que se podía esperar al menos no dijo un país moro o alguna lindeza típica. Y eso, quieras que no, me alivió un poco…
- En Londres no estaba bien, no era mi sitio y sabía que allí no lo encontraría nunca. Por eso decidí marcharme a Marruecos, porque no tenía nada que perder. Porque quise y porque pude.
- ¿Ya habías estado antes?
- Sí, claro. Bastantes veces...
- ¿Y cómo lo conociste?
- Hace ya unos años, cuando viajé con unas amigas…
- Con algún viaje organizado supongo, ¿no?
- No, no… siempre por nuestra cuenta.
- ¿Y no os daba miedo que os pudiera pasar algo?

(…)


Aquello más que una entrevista de trabajo se estaba convirtiendo en una discusión típica en la barra de un bar y, en contra de mi filosofía, empecé a tomarme las cosas como algo personal.
- ¿Miedo? ¿Has estado alguna vez en Marruecos?
- No…
- ¿Entonces?
Después de un largo silencio, y volviendo al recurridísimo Londres me dijo:
- Dices que te marchaste de Londres porque no estabas a gusto y no estabas haciendo lo que querías...
- Ahá...
- Eso me hace dudar de tu capacidad para afrontar la realidad y para hacer cosas que no quieres hacer. Aquí tendrás que hacer cosas que no te gusten, que te moleste tener que hacer… Es parte del trabajo.-Bueno, supongo que es normal. Lo aguantaré hasta que crea que no me compensa seguir haciéndolo, ¿no?
(…)
- Con una personalidad tan fuerte intuyo que habrás tenido muchos problemas con tu entorno... (amigos, familiares...)
- Sinceramente, no tantos como puedas imaginar…

Y tras más de 40 minutos de conversación, de entrevista más personal que profesional, el hombre trajeado quiso finalizar la entrevista.
- Bueno, Carlota… Última pregunta y ya te dejo marchar. ¿Qué quieres ser de mayor?
No vacilé ni un microsegundo en mi respuesta y, para sorpresa suya, me salió del alma decir:
- Feliz.
- ¿Cómo?
- Feliz, ¿no?...
Aquel hombre que presentaba una actitud tan.. tan así, dejó los papeles en la mesa y echó su silla para atrás. Después de unos segundos me dijo:
- ¿Sabes que llevo más de 7 años haciendo entrevistas y nunca me habían contestado eso?
- Será broma...
Hizo un gesto de ‘negativo’ con la cabeza y sorprendida dije:
- Pues para que veas cómo está el patio...
Sinceramente, no salía de mi asombro y antes de que pudiera volver a decir nada le pregunté:
- ¿Y qué te contesta la gente? ¿Jefa de Planta? Jajajajajaja

Me hizo alguna pregunta más pero fue él mismo quién dijo:
- Bueno, mejor damos ya la entrevista por finalizada. Me has dejado un poco descolocado…
Ha sido la primera y la última vez en mi vida que vivo una entrevista de trabajo similar. Una entrevista para un trabajo al que, por cierto, me cogieron. Suerte que la misma tarde que empecé allí me llamaron para decirme que otra empresa quería contar conmigo... Hamdulillah. Un solo día trabajando y ya me dio tiempo a tener conversaciones tan peligrosas con algunos de los trabajadores como estas:
- Ok, cualquier duda ya os preguntaré para que me echéis una mano.
- O las dos si quieres...
- ¡Hombre! ¿Qué hace una chica por aquí?
- Bueno, cosas que pasan hoy en día...
- ¡No me digas que te han cogido en otra empresa! Ya verás cómo me van a vacilar ahora mis compañeros diciéndome que qué poco me duran las mujeres...

¿Cuándo vamos a empezar a llamar a las cosas por su nombre? ¿Qué día vamos a dejar de llamar "chistes" a semillas que dan frutos tan asquerosos? Está tan interiorizado que nos parece normal. Está tan aceptado socialmente que cuando te quejas de ello te llaman radical. Nazi, por tener la desfachatez de querer ser tratada como ellos. De igual a igual. No seré yo quien niegue tristes evidencias en el país en el que volví a nacer, pero antes de criticar actitudes y realidades en países vecinos creo que convendría observar y escuchar más a los que nos rodean. A los de 'nuestro mundo', a los que tenemos al lado diariamente. Hacer autocrítica y reconocer de una vez que estamos a años luz de lo que creemos ser. A años luz.

30 de mayo de 2014

61 COSAS QUE HACEMOS TODOS LOS VIAJEROS

Estas son las algunas de las 61 cosas que hacemos todos los viajeros alguna vez en la vida. Un artículo publicado en el blog Imanes de viaje.


1.- Has hecho ya tantas maletas o mochilas que eres capaz de hacerla en 5 minutos.

2.- Alguna vez has estado a punto de perder un avión, un bus o un tren y has tenido que ir a la carrera.

3.- Alguna vez has dicho la frase 'lo que pasa en... se queda en...'

4.- Te encantaría dar la vuelta al mundo, o en su defecto, tirarte varios meses ociosos de viaje.

5.- Se te escapa una sonrisa cuando pasado un tiempo te encuentras un ticket de metro o una entrada de un museo en algún bolsillo de la cazadora o del pantalón.

6.- Cuando ves una peli y sale algún sitio chulo donde has estado piensas '¡ahí también he estado yo!'


7.- Tienes en tu casa un mapa del mundo con chinchetas en las ciudades o países en los que has estado. También valen los mapamundis de rascar, que últimamente están de moda.

8.- Vives continuamente pensado en tu próximo viaje, no eres feliz si al volver de viaje no tienes planeado otro destino.

9.- Alguna vez has pasado la noche tirado en un aeropuerto o viajando en tren o en autobús.

10.- Te han pillado colándote en algún medio de transporte público y has intentado escaquearte de la multa diciendo “¿Eh? No entiendo”.

11.- Te encanta ir haciendo amigos de otros países para tener casas por todo el mundo y tener la excusa perfecta para viajar.

12.- Te puedes pasar horas y horas buscando ofertas de vuelos baratos en internet.


13.- Siempre que compartes habitación en un albergue o en un hostel con gente desconocida hay alguien que ronca.

14.- Has salido por la noche de fiesta con la maleta porque tenías que coger un avión, bus o tren de madrugada y así te ahorrabas una noche de hotel.

15.- Siempre piensas que hay que aprovechar a viajar antes de tener hijos aunque en el fondo sabes que cuando los tengas vas a seguir viajando.

16.- Te encanta cocinar comida internacional en casa o ir a comer a restaurantes de comida de otros países cuando no estás de viaje.

17.- Aunque viajas mucho, alguna vez te has sentido como Paco Martínez Soria cuando hablas con otros viajeros.

18.- Te sientes mal cuando tu jefe y tus compañeros de trabajo te dicen que te pasas todo el día de viaje, aunque realmente tienes los mismos días de vacaciones que ellos.


19.- Te has encontrado en la otra parte del mundo a alguien que conocías y has pensado que el mundo es un pañuelo.

20.- Siempre que ahorras algo de dinero piensas… mmm, esto va directo para el próximo viaje.

21.- Estás de acuerdo en que hay veces que es mejor no tener mapa a la hora de recorrer una ciudad. Improvisar y callejear son dos palabras que van de la mano en tus viajes.

22.- Sacas la cámara reflex únicamente para los viajes, ni bautizos, ni comuniones, ni fiestas de guardar, sólo para viajes.

23.- Siempre que ves tu programa de viajes favorito has pensado ¡ahí tengo que ir yo!

24.- Aburres a tus amigos con historias de viajes.


25.- Tienes en tu casa al menos una foto o un cuadro gigante de alguna de tus ciudades favoritas.

26.- Revisas mil y una veces que llevas el DNI y/o el pasaporte y revisas mentalmente que no te dejas nada por meter en la maleta.

27.- Te has metido en el bolso o en la mochila parte del desayuno del hotel para aprovecharlo a la hora de la comida ;) .

28.- Alguna vez se te han olvidado las chanclas y te das cuenta cuando tienes que ducharte en el baño compartido del hostel.

29.- Alguno de tus mejores amigos los has conocido viajando.

30.- Alguna vez te has comprado algo de ropa o algún complemento porque de viaje lo veías de moda y al regresar a casa no te lo vuelves a poner en la vida.


31.- Te has puesto a charlar con desconocidos y has acabado contándoles tu vida.

32.- Por muy difícil que sea, siempre intentas chapurrear algunas palabras básicas del idioma del país.

33.- Cuando te vas de un hotel siempre miras debajo de la cama y entre las sábanas por si te has dejado algo y nunca hay nada.

34.- Has tenido que ponerte tantas capas de ropa como una cebolla porque no cabían en tu maleta de mano.

35.-Cuando vuelves de un viaje largo siempre se te escapa alguna palabra en otro idioma.


¿Y tú? ¿Qué haces siempre en tus viajes? ¿Qué cosas te pasan siempre que viajas? 
¡Completa la lista que Imanes de viaje ha comenzado! :D

29 de mayo de 2014

CARTA A MI PÚBLICO

'Con toda sinceridad, porque ustedes se lo merecen. Traigo siempre la verdad a cambio del amor que me ofrecen. Únicamente para quienes me quieren realmente y lloran al escuchar mis letras. Para quienes me defienden como si fuéramos de la misma sangre. Para quienes sienten mi malestar, perciben los matices y los significados ocultos de cada letra. Para aquellos a quienes he descrito, para los que he escrito como si mis palabras fueran suyas. Para los que he curado, para los que he ayudado, para los que he defendido. Para aquellos a los que les he transmitido mi fuerza y a los que mis palabras les dieron refugio. Para los enfermos de felicidad a quienes mis textos les sirven como soporte. Para los desconocidos que me consideran como un miembro de su familia. Para los que me hacen un lugar en sus corazones y en sus vidas. Eternamente gracias.'

Lettre a mon public – Kery James

20 de mayo de 2014

PERO Y TÚ... ¿EN QUÉ CREES?

Cuando estás en un país en el que la religión lo abarca todo, es normal que algunos quieran saber porqué no eres como ellos. Para alguien con una fe tan fuerte es difícil entender que otras personas puedan ser felices sin creer en nada. O, mejor dicho, sin creer en ningún Dios. Pero es que, como dice Lechowski, mi Dios es uno y está en todos y ahí fuera os estáis matando por él, por ponerle apodos.

- Y, entonces... ¿Tú en qué crees?

- En nada. O en todo. Creo en la gente y en mí. Creo en el poder del ser humano para cambiar las cosas. Creo en la capacidad de cada individuo para hacer del mundo su mundo. Creo en la confianza, en la unión, en la interacción y, sobre todo, en la acción-reacción. Creo en la felicidad sólo si es compartida y en la ilusión que lleva a la gente a hacer cosas sin esperar algo a cambio. Creo en las ganas, en el esfuerzo, en la entrega y en la dedicación. Creo en vosotros, en todos los que hacen de mi creencia una realidad. En los que me demuestran que no estoy equivocada y que nunca es tarde para empezar a hacer las cosas bien.

¿Cómo no voy a creer en la gente?

Somos la última generación que puede cambiarlo todo. No podemos permitir que los que vengan después se encuentren esto peor de lo que nos lo encontramos nosotros. No sólo no sería justo, sino que sería un fracaso. Un fracaso de todos y cada uno de nosotros. Porque si no somos parte de la solución, somos parte del problema. Hay que implicarse, hay que mojarse, hay que jugársela, hay que arriesgarse. No hay que dejar las cosas pasar, hay que hacer que las cosas pasen por nosotros. La vida está con nosotros. La verdad está en nosotros. 

Si algo no sabes lo que es, ve y tócalo. Si algo no lo entiendes, pregúntalo. Si alguien te da un pescado, cógelo. Pero no dejes nunca que se vaya sin haberte enseñado antes cómo pescar. Si quieres hacer algo, házlo. Y si no quieres hacer algo no lo hagas, pero no pongas excusas. Si alguien dice una barbaridad delante de ti, llámale la atención. Igual aún no sabe que es un ignorante. Si tienes que pedir perdón, pídelo. Si tienes que dar las gracias, dalas. Si no vas a decir la verdad, no la digas. Pero, al menos, no mientas. Aprende a ser humilde, a ser honesto y , sobre todo, a ser libre. No es nada fácil, pero... para eso estamos aquí, ¿no?


Cualquier cosa que hagas en la vida será insignificante, pero es importante que la hagas porque nadie más la hará. - Gandhi

25 de febrero de 2014

LAS 5 RAZONES POR LAS QUE NO PIENSO PAGAR EL WHATSAPP

A pesar de haber estudiado lo que he estudiado, nunca he sido demasiado fan de las nuevas tecnologías que surgen de la locura y no de la necesidad. Me da miedo comprobar los límites a los que se está llegando en tan poco tiempo y me asusta ver cómo los seres humanos, en buena parte del mundo, son esclavos de la tecnología cuando se supone que debería ser al contrario. La tecnología debe desarrollarse y aplicarse para servirnos a nosotros - seres supuestamente racionales - para ayudarnos y hacer cada vez más grande nuestro entorno, no para ser cada día más cerrados y borregos.


El pasado sábado, cuando se produjo la caída de la aplicación Whastapp, estaba escribiendo una entrada para el blog sobre un tema importante relacionado con la inmigración ilegal. De repente, empecé a leer y a escuchar barbaridades sin sentido relacionadas con la enorme tragedia que había supuesto para la humanidad no poder hablar vía Whatsapp con los amigos durante unas 4 horas y dejé de escribir. Nadie iba a tener tiempo para leer memeces sobre negros que ni nos van ni nos vienen mientras el mundo estuviera completamente paralizado porque el dichoso Whatsapp no funcionaba.


Sinceramente, no entendí a qué se debía tanto revuelo. Como si no hubiera existido vida antes del Whatsapp. Como si no existieran las llamadas telefónicas, los mensajes de texto, las redes sociales, Viber, Line, Telegram… y un sin fin de medios bastante más completos y/o complejos que el gigante verde. ¿Cómo no va a ser peligrosa esta enfermedad del s.XXI? Hasta ayer nadie lo tenía y ¿ahora ya nadie puede vivir sin él? 

Es evidente que este mundillo de la tecnología avanza muy rápido y, de la misma forma que hemos mandado a paseo el Fotolog y el Tuenti, entre otros, igual va siendo hora de mandar a paseo una aplicación que empieza a flojear…Para lo bueno y para lo malo, el tiempo de vida de estos servicios dura poco y mantenerse durante años en la cresta de la ola no es tarea fácil. Menos aún ofreciendo siempre lo mismo, independientemente de los competidores que puedan ir surgiendo.


Esta misma tarde, tras varios avisos, me han cortado el Whatsapp por no pagar los famosos 0.89€ necesarios para seguir disfrutando de la aplicación. Y, sintiéndolo mucho, me niego a pagarlo.

1. Me niego a dar un número de cuenta a través del móvil para que me cobren 0.89€ por algo que siempre nos han vendido como gratuito. No pago ni 0.89€ ni 0.05€. No es por el dinero. Es por la barrera, es por la traba innecesaria. La mala fama, además, les precede y la seguridad y la privacidad no son precisamente el punto fuerte de la aplicación.

2. Me niego a pagar por un servicio que otros ofrecen completamente gratis y con alguna ventaja más, como las llamadas gratuitas. Y es que empezar a pagar, me da igual la cantidad que sea, por algo que hasta ayer era gratis con las mismas condiciones, me parece una absurdez. Más aún sabiendo que hay alternativas. Sabiendo que hay vida después de Whatsapp.

3. Es que los demás también te cobrarán en un futuro. Eso todavía no lo sabes. Así que me niego a pagar Whatsapp sólo porque más adelante los otros también me cobrarán. Y es que, si efectivamente termina ocurriendo eso, me voy y ya está. Ya ves tú qué problema. Parece que nos hemos casado con Whatsapp hasta que la muerte nos separe y yo no me he enterado...


4. Hace cuatro días nos estaríamos riendo en la cara del que pagara por chatear en Internet. ¿Y ahora qué os pasa? Me niego a que hayamos dejado de hacer eso para terminar pagando por un chat en un teléfono móvil. En la época de las pinturas rupestres igual sí, pero a estas alturas de la película... ni de coña, vamos.

5. Me niego a seguir usándolo ‘por no ponerme a bajar ahora otra aplicación.’ Una de las excusas más escuchadas últimamente. ¿En serio estáis bien de la cabeza? Me tenéis acojonada con el punto de demencia hasta el que hemos llegado. Cuatro clicks con el dedo e introducir tu número de móvil. Cuestión de segundos. Demasiada labor, por lo visto, para gente que pierde horas y horas escribiendo por el móvil... Joé, pero es que todos mis amigos usan Whatsapp. Claro, porque todos se han descargado Whatsapp. Si todos se descargaran Telegram, todos usarían Telegram. ¿Comprendes la filosofía?

13 de enero de 2014

MARCHANDO UNA DE ANÉCDOTAS LONDINENSES (2)

(…)

La casa en la que vivía en Londres tenía siete plantas. Pero no siete alturas, sino siete floors. Sabes, ¿no? Bueno, que era muy grande. Estaba en el típico barrio rico de la ciudad, en la típica calles cortas, llena de las típicas casas londinenses. 

Yo era la encargada, entre otras tareas, de la plancha. La habitación para la lavadora estaba en la parte más baja de la casa y la habitación del peque estaba en la última, en la séptima. Una vez que había planchado tenía que dejar la ropa encima de una mesa cuadrada de madera para que cada miembro de la familia, cuando tuviera un rato libre en su ajetreada vida, pasara a buscarlo. Al único al que tenía que meterle su cosas en el armario era al niño, de 5 años.


Una mañana, mientras planchaba, el pequeño bajó a charlar un rato conmigo. Vio que su ropa ya estaba lista y salió de él decir: ‘Me la llevo a la habitación’. Le dije que no se preocupara, que ya la subía yo más tarde. Pero hizo caso omiso. La cogió y subió con ella rumbo a su habitación. Cuando ya estaba casi en la última planta salió su madre y le preguntó que qué hacía con eso. ‘Llevarlo a mi habitación’. A la simpática inglesa no le pareció buena idea y le dijo que volviera a dejarlo donde estaba, que eso no era tarea suya, que eso era tarea de Charlotta. Escuché lo que había pasado y, cuando el crío volvió a la lavandería, le pregunté que porqué lo traía de vuelta (¿Traía de vuelta? Bring it back, digo). Y me contó que su madre le había dicho que esas cosas no tenía que hacerlas él, que para eso estaba Charlotta.


Que a mí me daba igual tener que hacerlo ¿eh? De hecho me daban casa, comida y paga por hacerlo. Pero… ¿qué tipo de persona sana de la cabeza le llama la atención a su hijo por hacer las cosas como hay que hacerlas? ¿Qué clase de niños están criando inculcándoles esa mierda desde tan pequeños? ¿Cómo no me va a provocar rechazo gente de esta categoría? Es sólo una frase, un detalle. Pero una prueba clara del nivel de locura al que se está llegando en ciertas élites y sociedades 'evolucionadas'. 

Días después de que, una vez más, yo me quedara a cuadros, a la chica que vivía en la calle paralela a la mía le pidieron que se quedara un sábado en casa, de 11 a 6 de la tarde, para preparar y controlar el cumpleaños de uno de los pequeños. Era su día libre y se lo pagarían aparte, así que aceptó la propuesta. Después de payasos, juegos, canciones, gritos, comilona y tarta, sobre las 7 de la tarde pudo marcharse. Y, como os podéis imaginar, el jaleo no empezó precisamente a las 11 de la mañana. Más de 8 horas a cargo del circo. ¿Que cuánto le pagaron? 20 libras. Y no tuvieron ni la decencia de dárselas en la mano, claro. Se las dejaron en la cama y se marcharon, al más puro estilo del Ratoncito Pérez.


Otra de las au-pairs españolas que conocí no vivía en mi barrio, pero su familia era amiga de mis vecinos y le propusieron hacer de niñera un fin de semana. Los padres tenían ‘cosas que hacer’ y necesitaban a alguien que se quedará con su bebé el sábado y el domingo. De 8 de la mañana a 2 de la tarde, y de 4 de la tarde a 9 de la noche. Teniendo en cuenta el barrio en el que vivían, que el nivel de vida en Inglaterra es más alto que el de España y que estas cosas suelen pagarse bastante bien, por horas, en aquellos lares, la chica aceptó encantada. Era sólo un fin de semana y aquello iba a suponer un buen pellizco. O al menos eso creíamos todos.


Después del apasionante fin de semana, la joven recibió 50 libras. 50 libras por 22 horas a cargo de un bebé que ni andaba ni hablaba todavía. Unas dos libras la hora por cambiar pañales, preparar desayuno, comida y cena, jugar, acostar y levantar al baby tantas veces como fuera necesario... Menos mal que era amiga de la familia que si no le hubieran pagado… Oh, wait. ¿Menos de dos libras por hora? ¡Cuasi mposible! Mi amiga mostró su indignación al ver el billete con una mueca y la madre le dijo que qué problema había, que era lo que se pagaba en esos casos. Con dos cojones. Tuvo la poca vergüenza de decírselo en su cara y se quedó tan ancha. Fue la primera y la última vez que se vieron, claro. 


O yo vivía en la calle más miserable de todo Londres, algo bastante probable visto lo visto, o estas historias se repiten más a menudo de lo que nos gustaría. Gestos repulsivos que se vuelven más repulsivos aún cuando vienen de gente podrida de pasta que se las da de educada y elegante.

El movimiento se demuestra andando, pero eso algunos no lo tienen muy claro…

MARCHANDO UNA DE ANÉCDOTAS LONDINENSES

Como ya os dije, fueron varias las razones por las que me marché de Londres poco antes de cumplir allí 4 meses. Quizá no fue demasiado tiempo, pero para mí fue suficiente para ver, comprobar y sentir que aquel no era mi sitio. Que no era mi ambiente. Aunque fueron pocos meses, viví muchas experiencias. Algunas de ellas bastante feas y, como normalmente una anécdota es más gráfica que una opinión, os cuento algunas de las que yo viví y luego que cada uno saque sus conclusiones.


Cuando estaba en Londres vivía en la zona 2, en un barrio rico y residencial, con una familia británica. Para mi gusto, el mejor era el padre, porque era el más normal. Había nacido y crecido en Francia y, sin duda, era el más majete de todos. Y es que Inglaterra es capaz de hacer que hasta los franceses parezcan simpáticos. Eran 4 hermanos pero yo estaba allí sólo para hacerme cargo del pequeño, de 5 años. Antes de irme a vivir allí hablé con la última chica que trabajó de au-pair para ellos. Era española también y me dijo que qué majísimos, que qué amables, que qué cercanos, que qué geniales… Que Will Smith a su lado era un pan sin sal, vamos. Y, o hablé con otra chica, o la familia era bipolar. O yo les caía como el culo, que también puede ser. Pero mira, en ese último caso ya teníamos algo en común.


Una de los días, sobre las 12 de la mañana, el padre me llamó preocupado diciéndome que habían llamado del colegio y que, por favor, si no me importaba, fuera a recoger al niño. (Lo que os decía, que era un tío amable). Tenía fiebre y convenía que alguien fuera a por él si no queríamos lamentar un mal mayor. Todo el mundo en la familia estaba ocupado y, aunque no solía tener que hacerlo, no me molestó ir a buscarlo. Lo hacía sólo días contados pero, cuando trabajas para una familia, al final tienes que estar disponible para estas cosas. Cuando me disponía a salir de casa volvió a llamarme para decirme que finalmente no hacía falta que fuera a buscarle, que iba a salir el del trabajo para cogerlo y llevarlo a casa.

Estuve con él hasta casi las 6 de la tarde, cuando llegó su querida madre. La misma que no supo ni decir thank you por el 'favor'. Con la de veces al día que lo repetía por chorradas, oye. Pero bueno, no se le pueden pedir peras al olmo. A la mañana siguiente había un caos especial en casa. El niño no encontraba su maletín-mochila del cole en el que guardaba sus dibujos, sus tareas y su almuerzo. No estaba donde normalmente estaba  - tirado en cualquier sitio - y a la madre se le empezó a hinchar la vena. Me -preguntó en varias ocasiones que dónde estaba el dichoso maletín y le dije que no lo sabía, que no lo había visto. No era mi labor saber en tiempo real dónde está cada objeto de la casa, aunque ella creyera que sí.


No había manera de dar con el objeto perdido y en las escaleras, con moqueta, me crucé de sopetón con la poseída rubia inglesa y me escupió que: ‘if you don’t find the bag, you are gonna get in trouble’. Para los de la LOGSE, que si no encontraba (yo) la bolsa, me iba a meter en problemas. Con dos cojones. Sólo le faltó añadir ‘let me welcome everybody to the wild, wild west’ mientras hacía la ‘W’ con la mano como el gran Dr. Dre en una de sus gangsta parties. Se piró cabalgando, con sus tacones llevados al estilo british, y a mí en ese momento ni me sentó mal el comentario, porque no tenía ningún sentido. Pasaron unos 10 minutos de incertidumbre hasta que al padre se le apareció la Virgen y se acordó de que el día anterior, cuando el pequeño estaba enfermo, había ido a recogerlo con la moto y le había dicho que mejor dejara la mochila en el cole. Que no hacía falta que la llevara a casa.


Cri, cri. Cri, cri… Sí, yo también me quedé loca. No porque el niño no hubiera traído la mochila obviamente, sino porque mi amiga inglesa, después de su ida de olla, se marchó al poco rato a trabajar y ni siquiera dijo adiós. A los 15 minutos, como ya expliqué en otra entrada y siguiendo la tradición londinense, me mandó un mensaje al móvil. ¿Por qué para qué me lo va a decir a mí directamente si me lo puede dejar escrito? Me dijo que sorry, Charlotta. Que perdón, que se había vuelto un poco mad esa mañana. Y que comprara tomate y cebollas. 

Que Londres está plagado de au-pairs españolas es ya una evidencia y sólo en mi calle y en la paralela éramos cuatro. Unos de los días que fui a la casa de una de ellas, no estaban los padres y quisimos salir con la niña a dar una vuelta. Mi amiga estaba sentada en el sofá del salón, delante de la nena, y le dio su abrigo para que se lo pusiera. Ésta lo cogió y, literalmente, se lo tiró a mi amiga a la cara diciendo: 'Me lo pones TÚ, que eres la que tienes que hacerlo'. Con cinco putos años. Y, o la criatura era la reencarnación del diablo, o ya había oído demasiadas veces frases tan asquerosa como esa…



Estas son sólo dos de esas anécdotas de las muchas que he vivido, que he visto con mis propios ojos. Conozco otras tantas que gente de confianza ha vivido y me ha contado, pero me voy a limitar a hablar sólo de las que a mí me han pasado. Para que no haya intoxicaciones. Mañana os cuento un par de ellas más, que si las pongo todas del tirón os da perezota seguir leyendo y os largáis haciendo un moonwalk. Que os conozco, bandidos.

(...)

9 de enero de 2014

PERDONA, ¿TE LLAMABAS...?

Para otras cosas igual no, pero para esto soy una mandada. Me encanta recibir mensajes de la gente que me lee y a algunos de ellos les presto especial atención. Cuando se trata de sugerencias, críticas y peticiones no puedo evitar tenerlas en cuenta, en la medida de lo posible, y ante preguntas del tipo ¿pero ahora dónde estás?, ¿pero qué haces?, ¿pero no te habías ido a…?, ¿pero qué has estudiado?, ¿pero estás trabajando? , siguiendo vuestras recomendaciones, he decidido presentarme. Para que aquellos que no me conozcáis, sepáis al menos a quién estáis leyendo.


Soy la de la izquierda. Me llamo Carlota y nací en Burgos (España) hace 24 años. Y sí, soy pelirroja natural. Lejos de lo que las americanadas nos han querido vender desde pequeños y dejando a un lado los vaciles sanos, nunca he sufrido burlas, mofas o guasas por mi color de pelo. Al contrario. Y estando en Marruecos ya ni os cuento. De hecho, de ser cierta esa leyenda urbana de que a ciertas mujeres nos cambian por un buen número de camellos, conmigo, mi familia y la que vendrá después ya tendría la vida resuelta. Pero mucho me temo que no es el caso...

A lo que iba. No soy educadora social, ni fotógrafa, ni periodista. Tampoco trabajo para ninguna agencia de viajes como guía turística subvencionada por el Gobierno de Marruecos. De hecho, de ser subvencionada por alguien seguro que no sería por el Gobierno marroquí. Por cierto, define Gobierno. 


Soy ingeniera. Ingeniera electrónica desde hace más de año y medio. Y parecía tonta cuando me comprasteis, ¿eh? Es verdad que los ingenieros tenemos mala fama, y creedme cuando os digo que muchos de ellos bien la merecen, pero otros somos normales. Hasta hace poco tenía la certeza de que yo estaba en el segundo grupo, en el de los normales. Pero después de haber trabajado con gente de letras ya no sé ni qué pensar. No sé si los raros somos nosotros o lo son ellos. Aunque, viendo como está el patio, probablemente lo seamos todos. Porque lo único que está claro es que de cerca nadie es normal.

Con 17 años mis padres me regalaron mi querida mochila y, antes de empezar la carrera en mi ciudad, fui con dos amigas a Barcelona. Ese fue el primer gran viaje y pronto supe que aquella sería una de mis grandes pasiones. Como ni podía ni quería tener que pedir dinero para viajar cada vez que me apeteciera, empecé a trabajar dando clases a chavales y lo hice durante toda la carrera. He tenido la gran suerte de poder contar siempre con mi familia para costearme los estudios y creo que lo he sabido aprovechar. Todo el dinero que ahorraba era para mí, para mi cámara, para mis viajes y para todo lo que conllevan. La mejor inversión, sin duda. Así que han sido mis niños los que, de alguna manera, continuamente han hecho posible que no haya parado quieta demasiado tiempo.


Mis amigas y yo siempre cogíamos alguno de los vuelos más baratos que encontrábamos, a donde fuera, y en cuanto teníamos el dinero suficiente para marcharnos, lo hacíamos. Por eso nunca pude ir a Nueva York, uno de mis grandes sueños de juventud. Y, a día de hoy, aún no he ido; siempre surge antes algo mejor. Antes de que consiguiéramos tener pasta para pagar el billete de avión a América, ya habíamos encontrado mil y una excusas para hacer un nuevo viaje por Europa. Y yo hay cosas a las que no sé decir que no...

En el verano de 2010 el vuelo más barato era a Fez, en Marruecos. Fui con 2 amigas, durante 12 días, haciendo todo lo contrario a lo que los que nunca han estado allí recomiendan. Ninguna de nosotras había viajado antes al país vecino y fuimos sin guías, sin reservas y sin nada. Sólo el billete de ida y el de vuelta, desde ciudades distintas. Ese viaje marcó un antes y un después en mi vida y en menos de dos años volví al moro hasta en 5 ocasiones, la última de ellas durante casi un mes.


Con 22 años, cuando acabé la carrera, sabía que me quería marchar de España. Hubiera crisis o no, yo quería irme un tiempo para dedicarme a mí y a aprender cosas que en un aula es imposible aprender. Ya no es sólo que quisiera, es que lo necesitaba. Si no lo hacía en ese momento no lo iba a hacer nunca así que me marché a Londres a trabajar de au-pair con una familia inglesa-francesa. Pero me cansé antes de cumplir allí los 4 meses y, siguiendo una de esas señales que te da la vida, cogí mis cosas y me mudé a Rabat, a vivir con una familia que quería que sus hijos aprendieran español.

Era una familia marroquí. Y musulmana, para susto, sobresalto, alarma y temor de muchos. Tuve que aguantar las sandeces y barbaridades típicas a las que se enfrenta una chica joven cuando toma una decisión como esta. ¡Pero cómo te vas a ir a un país árabe! ¡Te van a poner un burka! ¿Pero qué te gusta de su cultura, que lapiden a las mujeres? ¡A Marruecos, rodeada de moros! ¡Te va a pasar algo! ¡A quién se le ocurre cambiar Inglaterra por un país así! ¡Si no te van a dejar ni conducir siendo mujer! ¡Que esos sitios son muy peligrosos, Carlota! Yo sabía lo que había y, obviamente, no hice caso a esa gente. Y es que, como diría mi abuelo, cuánto tonto y qué pocas balas.


Tomé la mejor decisión que he tomado nunca y la experiencia me sirvió, sin duda, para confirmar lo que llevaba más de dos años pensando; que mi sitio está allí y que de Marruecos al cielo. Podía haberme quedado para siempre pero en la vida todo son etapas. Aquella etapa la tuve que finalizar 'obligada' para seguir formándome en España y a finales de 2o13 volví a casa, que es donde menos dinero gasto si estoy en mi país. 


El 2o14 entró con fuerza y los Reyes Magos me trajeron un contrato de lo mío para empezar a trabajar el día 7 de Enero en Burgos. Y el día 8 tuve que renunciar a él porque la tarde anterior, cuando estaba en el coche de vuelta a casa después del curro, me confirmaron que había un nuevo contrato de trabajo, mucho más goloso, fuera de mi ciudad, con otra empresa diferente. Una empresa internacional con la que, si todo va como se espera, podré tener un contrato indefinido como ingeniera de automatización. Sí, sí. Por lo visto siguen existiendo ese tipo de contratos, aunque yo aún no los he olido. Así que, antes de que acabe este mes de Enero, ya me habré mudado al noreste español para empezar un gran reto. Una nueva etapa. Una nueva aventura dura e intensa, pero única. De las que a mí me gustan, vaya...


[ Tenemos la rabia de llegar hasta el final y de ahí a donde quiera llevarnos la vida. - Keny Arkana]

6 de enero de 2014

NOS MEAN Y SIGUEN DICIENDO QUE LLUEVE

(…)

Europa no es lo que nos venden, al menos no solo eso. Es cierto que hay mucha gente en Inglaterra, en Alemania y sucedáneos, feliz con lo que hace. Claro que hay historias de éxito, pero muchísimas más de fracaso. Y de esas no se quiere hablar.

En Londres, igual que en tantas otras ciudades, hay mucho fantasma suelto. Es que yo vivo en Londres, ¿saaabeeeeees? Que sí, hijo. Que sí. Igual ahora te crees más cool por ello, pero eres tan pringado como lo has sido siempre. Hay también mucho, mucho postureo. Demasiada vida retransmitida minuto a minuto con fotos de compras en Londres, en la playa de Brighton o de fiesta en Oxford, cuando la realidad cotidiana suele ser justo la contraria. A veces, esos mismos, son los que tienen que tragarse la vergüenza y llamar a su familia para que les ingresen dinero cada semana. Eso sí, que no se enteren sus amigotes.


Por suerte, ya empieza a crecer el número de los que, después de chocar varias veces con la realidad y ver que no compensaba aguantarlo, se han largado. Y la mayoría, principalmente por orgullo, no han vuelto a casa. Pero lo que sobre todo hay en Europa es mucho inmigrante de los que no salen en ‘Españoles por el mundo.' Esos, por desgracia, son los que más abundan. Demasiados ingenieros, psicólogos, educadores, arquitectos, abogados... etc. fregando platos, cuidando niños y ancianos, limpiando váteres, sirviendo comida, recogiendo copas o trabajando como cajeros en un supermercado o en una tienda. A menudo en condiciones muy vergonzosas.

Viviendo en habitaciones asquerosas por las que pagan cientos de libras al mes, o con colegas - o colegas de colegas - que les acogen en sus casas mientras se patean la ciudad cada día, para no tener que pagar transporte público, echando CV donde sea. O, lo que es peor, viviendo en uno de esos pisos patera que recuerdan, de alguna manera, a los pisos en los que han vivido, y viven, rumanos, pakistanís, magrebís y demás africanos en nuestro querido país. Esos mismos que vienen, o venían, a España a robarnos el trabajo. Claro. Cuando lo hacen ellos es para quitarnos el trabajo y cuando los que nos vamos somos nosotros lo hacemos en busca de un futuro digno ¿Qué doble rasero más duro tenemos, no?

 
El momento en que los países del norte de Europa nos traten a los españoles como nosotros hemos tratado a los inmigrantes ya ha llegado. La medicina que llevamos dando tantos años sabe muy, pero que muy mal y, ahora que la hemos probado, empezamos a aprender la lección. La desarrolla y avanzada Europa está bien y mola mucho cuando mola. Pero no es el fin a nuestros problemas. No es el paraíso, tampoco la panacea. Muchísimo menos aún si no controlamos el idioma. (Controlar de verdad, no de marcarnos un triple en el currículum). Al llegar, no hay varios hombres vestidos de traje negro esperándote en el aeropuerto con contratos millonarios de lo tuyo bajo el brazo. Y es que, salvando las distancias y dejando a un lado los aeropuertos, todas esas cosas eran justo las que creían los inmigrantes que venían a España. Que esto era el no va más. Y lo creían, sencillamente, porque era un cuento que llevaban demasiado tiempo escuchando. No por nada más. Y ahora mira…


Son miles y miles los españoles que están tragando y tragando fuera de su país, porque es lo que toca. O igual no, joder. Igual hay que empezar a pensar en otros destinos. A cambiar y a apostar por otras sociedades, otras formas de vida y otras culturas. En definitiva, por otras realidades. La cara de nuestra inmigración es bastante más fea de lo que nos venden en los medios de comunicación, especialmente cuando se trata de inmigración forzada. Y lo de ‘vine para 6 días y ya llevo 9 años’, con negocio montado incluido, puede ser real, pero en ningún caso puede ser la referencia. No, porque no es justo. No es justo que nos sigan meando cada día y encima tengan huevos de decir que llueve. No es justo, no nos lo merecemos... ¿O igual sí?

5 de enero de 2014

LAS RAZONES POR LAS QUE ME FUI DE LONDRES

Como algunos ya sabéis, al terminar la carrera y después de disfrutar del verano como está mandao, me marché a vivir a Londres con una familia británica. Ahí, a lo loco. No hubo un motivo especial para que fuera ese el destino; sólo tenía claro que quería irme de España, hubiera o no crisis, y que quería practicar inglés. Por esa regla de tres bien podía haberme mudado a Singapur, a las Bahamas o a Sudáfrica. Pero no, me fui a Inglaterra. Creo que por inercia. Ya había estado anteriormente y eso se suponía que iba a ser un plus. En realidad sí lo fue, pero a la hora de la verdad no sirvió de nada. Cuando faltaban pocos días para que se cumpliera mi cuarto mes allí estuve en el lugar adecuado, en el momento oportuno, surgió la oportunidad y no dudé ni un segundo. En cuestión de días me fui a vivir a Rabat, a practicar todos los idiomas del mundo, y fueron varias las razones que propiciaron mi huida. Ahí van algunas de ellas.

1. Por el clima. Y mira que soy más de Burgos que la Catedral (Burgoslavia, para los amigos). Nunca pensé que las condiciones meteorológicas me iban a afectar, pero sí lo hicieron. Mi ciudad es fría, pero de ahí a que sea triste y gris oscura día sí día también hay un trecho. Siempre he defendido la idea de que el clima lo es todo y, aunque también lo había visitado en varias ocasiones, tuve que marcharme a vivir a Marruecos para corroborar que, efectivamente, el Sol da la vida. El Sol hace que la gente sea como es, trabaje como trabaja y viva como vive. He tardado 23 años en comprobarlo, pero más vale tarde que nunca, ¿no?


2. Por la comida. Es normal que cuando vas de visita a una ciudad en Europa termines mal-comiendo si el presupuesto no es muy elevado. El problema viene cuando vives allí y, aunque obviamente termina resultando mucho más barato, no terminas de acostumbrarte a tanta comida en lata, prefabricada, precocinada y precalentada. Las cosas frescas, la carne, el pescado y la fruta en los supermercados pagados a precio de oro. ¡Va, home, vaaaaa!  La comida inglesa es horrible pero ¿qué se puede esperar de la cultura gastronómica de un país con fish&chips como uno de sus platos estrella?


3. Por los horarios. Piccadilly, Regent Street, Oxford Street y alrededores son maravillosos. Pero los barrios londinenses poco tienen que ver con los sitios turísticos de la ciudad. Y eso que en el que yo vivía, en la zona 2, era bastante céntrico para lo que puede llegar a ser un barrio de Londres. Los barrios son tranquilos, apagados y silenciosos. Son residenciales, no hay casi movimiento y a partir de cierta hora de la tarde, cuando en España ni hemos merendado, está ya todo muerto. Y que los días fueran tan cortos, por la luz y por los horarios, a mí no me sentaba nada bien.

4. Por la falta de persianas. Aunque… bueno, en Marruecos en general tampoco había nunca persianas y casi ni lo noté. Así que nada, esta ya no sirve como excusa. ¡Next!

5. Porque en Londres no era yo. No sé bien cómo explicar esto, pero creo que puede resumirse en que no era capaz de soltarme. No era capaz de ser como yo soy, ni de bromear, ni de disfrutar, ni de actuar sin pensar las cosas ochenta veces antes de hacerlas. De hacerlas mal, encima. Londres es un examen continuo y su gente hace un esfuerzo especial para que parezca que tienen interés en que lo suspendas. 

6. Porque viví Halloween allí. Y, a pesar de vivirlo con una americana, se me cayó un mito que tantos años, sin quererlo, había estado alimentando con series y películas. Aún estoy en shock. Me encontré a las 6 de la tarde, completamente de noche, con la cara pintada, dando vueltas por mi barrio, casi desértico a esas horas intempestivas, siguiendo aquello de ‘allá donde fueres haz lo que vieres’. Y lo único que vi eran chavales disfrazados con los típicos disfraces, llamando a la puerta de las típicas casas decoradas con los típicos adornos, para que típicos vecinos les dieran los típicos caramelos mientras mantenían la típica sonrisa british. ‘Y ya está, esa es la noticia.’ Esa es la gran tradición. 

  
7. Porque algunas noches me acostaba llorando. Y lo peor es que no sabía porqué. Eso no puede ser sano, joder. Por desgracia, sé que no soy la única española que ha pasado por esto. Lo difícil no es estar fuera de casa, lo difícil es tener que adaptarse a un país al que no sabes-no quieres-no puedes adaptarte. Somos muchos los que lo hemos vivido y si a tantos nos ha pasado lo mismo creo que será por algo.

8. Porque… ¿pa’ qué? Estaba en una ciudad en la que ahorrar varias libras al mes es casi un milagro. Estaba en una ciudad que no me estaba aportando nada como persona. Entonces… si ni ahorraba ni crecía, ¿pa' qué iba a seguir allí? 


9. Porque Londres no es el lugar más adecuado para aprender inglés. Y menos si eres español. Aunque intentes huir de tus compatriotas para practicar al máximo tu nivel de inglés, no lo lograrás. Están en todas partes y, al igual que a los italianos, los verás venir. Una ciudad como Londres no es el mejor sitio para aprender su idioma oficial, principalmente por la variedad de idiomas que coexisten en una ciudad así. Y como esa era la razón principal por la que me había ido allí, no tenía mucho sentido seguir con lo que estaba haciendo. 

10. Porque nadie me daba cariño. Y no hablo de mandanga de la buena, que también, hablo de que los de por allí no eran capaces ni de darme la mano cuando me conocían. Que soy española, pero no voy a pegaros nada, hombre. Y mucho menos eran capaces de darme dos besos después de su siempre tan polite 'nice to meet you'. Si tan 'nice to meet me' estás, que se note un poco, anda. Que una cosa es que sea del norte y otra es que no necesite una carantoña de cuando en vez.

11. Porque Inglaterra está lleno de ingleses. No te rías, no. Que es cierto. Los que habéis tenido que tratar y convivir con ingleses, sobre todo en su territorio, sabéis a lo que me refiero. En general, son retorcidos, raros y distantes. Tienen un rollito muy chungo. Se creen elegantes y suelen ser bastante hosteras. Son tremendamente individualistas, y es que vivir en comunidad debe ser ya cosa de tercermundistas. Siguen usando moqueta en pleno siglo XXI. Salen de fiesta de una forma muy extraña y a las 7 de la tarde llevan ya todos una melopea digna del mismísimo Harry. Harry de Inglaterra, claro. Pero los borrachos e incívicos somos los españoles. Tienen cara de té. Y vivir con cara larga parece estar aprobado por mayoría absoluta. Son cuadriculados. Tan políticamente correctos que no hay quien se los crea. Las sandalias y el vestido que usan para ir a la playa en Mallorca es el mismo que se ponen para salir en Nochevieja a 2 grados. Se permiten el lujo de ser racistas y especialmente clasistas. Son autómatas programables. Y se creen mejores que tú porque hablan bien inglés. Bueno, en general se creen mejores que tú por todo.

12. Porque viví la Navidad en Londres. Y me quise morir. Desde principios de Noviembre ya estaba la gente loca (pero loca, loca de encerrar) comprando como si no hubiera un mañana, con las calles iluminadísimas, sonando villancicos a todas horas. ¿Por qué no nos ejecutáis y ya acabamos con esto? Encima mi academia de alemán estaba en una de las principales arterias de la ciudad, en pleno centro, y temí por mi integridad física más de una vez. La Navidad en la jungla londinense dura algo más de dos meses y, para los que somos especialmente sensibles, no es fácil aguantarla.
13. Porque la educación británica me la paso yo por el forro. Se las dan de civilizados y super super super educados. Y nunca antes he visto tanto mal educado por metro cuadrado. Creen que los españoles somos españolitos, con tono despreciativo, por ser espabilados, por reír y hablar en alto, o por no repetir constantemente please, sorry y thank you. Allí estas cosas se dicen sin pensar. Todo el día, sin ton ni son. Aunque no lo sientan. Mucha educación artificial, pero muy poco calor humano. Please, sorry y thank you. Please, sorry y thank you. Para ellos eso es ser educado y lo peor es que cuando vives allí, esas palabras llegan a poseerte y puedes sorprenderte a ti mismo diciéndolas también, porque sí. Todo el día, sin ton ni son.

14. Porque mucha gente allí ya no está buenita de la mente. Si es que alguna vez han llegado a estarlo. La adicción que una gran parte de la población tiene a las nuevas tecnologías da mucho miedo. Niños en el parque sentados con sus amigos en un banco, jugando cada uno con su maquinita. Adultos en el metro que se mueven como los burros de Sevilla, mirando su móvil, sin saber qué ocurre a su lado. Madres completamente zumbadas que le regalan a su hijo de 5 años un Ipad porque su hermana de 11 no le deja el que ya tienen. Y lo que más me molestaba, gente que espera a despedirse de ti para que pasaran 3 minutos y te mandara al móvil un mensaje con lo que te podía haber dicho un rato antes cara a cara. Pero eso ya no se lleva en Londres, no está de moda. Dialogar debe ser de tercermundistas ahora. ¿Para que vas a dialogar con la gente si se lo puedes dejar escrito en el Whatsapp, en el Facebook, en el Twitter, en el Skype…? 

15. Porque la calidad de vida no existe. Son los padres. En una ciudad así hay de todo pero ¿a qué precio? En un lugar en el que todo cuesta tanto dinero, nada vale nada. Londres es una ciudad completamente artificial y, sin pasta, es casi tan pequeño como Sobrepeña de Sotoscueva.

Estas 15 razones se resumen en dos. Amarás a Dios sobre tod… ¡Que no, que es coña! Me marche de Londres, sencillamente, porque quise y porque pude. Tan sencillo y tan real. Quise huir de todos estos detalles que, poco a poco, iban calando hondo y no me estaban haciendo ningún bien. Quise marcharme de un lugar en el que ni era yo, ni podía llegar a serlo. Una ciudad en la que no se sonríe, no se conversa y no se mira a los ojos. No era mi ambiente y allí no iba a poder vivir nada de lo que yo quería vivir, y mucho menos con la gente con la que yo quería hacerlo. Tuve la inmensa suerte de que pude volver a emigrar y ojalá pueda hacerlo tantas veces como quiera. Son muchos los que, por el momento, no pueden dejar su vida atrás para empezar de nuevo en otro país. Y es que sólo somos verdaderamente libres cuando no tenemos nada que perder. Yo no sólo es que no tuviera nada que perder, sino que tenía mucho que ganar. Aposté por lo que me llenaba, por lo que me hacía feliz, y me salió redondo. Hacía más de dos años que me había dejado el corazón en Marruecos y tenía que volver. Lo necesitaba...



Marcharme de Londres ha sido una de las mejores decisiones que he tomado en vida. Si no lo hubiera hecho, ahora mismo estaría pagando con tarjeta de crédito objetos que valen una libra veinte, cenando a las 7 de la tarde, diciendo please y sorry entre sístole y diástole, comprando cosas por comprar y yendo a comer a casa de gente de mi barrio con la que apenas tengo relación, sólo para que al día siguiente me manden un mensaje al móvil y una Christmas card dedicada diciéndome que thank you por mi adorable compañía. O igual no, oye. Quién sabe.