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9 de enero de 2020

EL OTRO IRÁN



Negro sobre negro. Así es como los medios de comunicación y los psicópatas que creen que el Mundo les pertenece muestran a Irán. Nos lo ponen en siniestra bandeja y, claro, así servido no hay quien lo pruebe.

De lo que no hablan es del Irán lleno de luz, color, agua y jardines. Lleno de rebeldía y de ansias de libertad. Del Irán que se ríe de los ayatolás a partir de la primera conversación formal. (A partir de la primera conversación informal no te quiero contar). Del Irán que es absolutamente contrario al régimen que le oprime. Del Irán que teme y padece las políticas y las sanciones estadounidenses pero jamás criticará a un norteamericano por haber nacido donde ha nacido. Del Irán que se marchó a Occidente hace décadas y, tras hacer su vida fuera, tuvo que dejar atrás nuevos idiomas, nuevos títulos universitarios, nuevas profesiones cualificadas y nuevos miembros en la familia para apoyar y acompañar a sus compatriotas en la involución a la que se vieron sometidos. Del Irán que no puede volver a Irán. Del Irán que se reúne en lugares secretos - con nocturnidad y alevosía - para cantar y escuchar música. Niños, jóvenes, adultos, mayores y música prohibida. Se me ponían los pelos de punta. Música que habla de esperanza, de lucha, de sueños y de libertad. Del Irán que no puede poner la música en voz alta y la pone y baja las ventanillas del coche, delante de la policía, mientras les llama terroristas. "Igual que los que les mandan", dicen. Mientras dibujan sobre su cabeza, con la mano, un turbante.
Isfahán (Irán)

Del Irán que hace vino en la bañera. Del Irán que monta guateques en casa. Del Irán paralelo, de puertas para adentro. Del Irán que mantiene relaciones sexuales (y no sexuales) antes del matrimonio. Del Irán homosexual. Del Irán que hace absolutamente todo lo que está prohibido. Del Irán harto de la policía de la moral. Del Irán que huye y rehuye de un sistema religioso con leyes medievales. Del Irán en el que en todas las casas hay libros de poesía. Del Irán que lleva a sus hijos a la tumba del poeta Hafez, a leerle sus poemas, ante la atenta mirada y el sorprendente silencio de los más peques. Del Irán deseoso de tratar con el extranjero. Del Irán joven (y no tan joven) al que la República Islámica le provoca tantos dolores como arcadas. Del Irán que te habla, te discute y te argumenta sobre cualquier tema, a pesar de tener restringido el acceso, en teoría, a casi cualquier información. Del Irán que antes salía de casa para beber y entraba para rezar, y ahora sale para rezar y entra para beber. Del Irán cuya arquitectura te deja sin palabras. Y no es una forma de hablar. Del Irán que es, literalmente, un imperio. Del Irán con un nivel de amabilidad, hospitalidad, respeto, cultura y educación que supera a cualquiera del autodenominado Primer Mundo.

Y sobre todo, del Irán femenino. Ese Irán femenino que, con desprecio y resignación, se quita el hijab cada vez que entra a un lugar privado. De ese Irán femenino que, en lugares no-del-todo-privados, te quita el hijab (a ti, como turista que lo lleva también obligada por ley), mientras parece decir: "no me seas más ayatolista que el ayatolá". Del Irán femenino que se quita el hijab en público y, además, lo publica en redes sociales (también prohibidas) pese a las insalvables penas de prisión que eso supone. Del Irán femenino que se rapa la cabeza y dice a la policía: "¿y ahora por qué me tengo que cubrir?" Del Irán femenino que merece todo el respeto, tanto de musulmanes como de no musulmanes. Del Irán femenino que se enfrenta a todo lo que se le pone por delante para vivir de forma digna e íntegra. Del Irán femenino que quiere estudiar tu carrera y no puede. Porque no le deja el Régimen. Del Irán femenino que, hasta ayer, no podía entrar en los estadios. Del Irán femenino que se tiene que quitar el maquillaje para ir a la Universidad. Del Irán femenino que te enseña lo que es, lo que implica y lo que conlleva ser feminista. Con todas sus letras.

Del Irán fascinante que hace ya 4 años descubrí. Del Irán que terminó de cambiar por completo mi forma de escuchar la televisión y de leer la prensa. Del Irán al que volveré una y mil veces. Del Irán al que, algún día, tengo la esperanza, veré libre de prohibiciones. Y libre de imposiciones. De una vez por todas, libre de buitres. Nacionales e internacionales. De los que hablan farsi y de los que están deseando meterles mano.

1 de marzo de 2017

QUE BAJE ÉL LA MIRADA

Bahareh, la joven iraní que conocimos en la famosa plaza Naghsh-i Jahan de Isfahán (Irán), nos llevó a su casa. Era una calurosa mañana de Mayo y, tanto nosotras, como ella y su prima, vestíamos como obliga la ley (dictada por hombres) que rige el país. Pañuelo en la cabeza, manga larga y culo bien cubierto. Nada de que se noten curvas. La noche anterior habíamos estado con ella, con su marido y con su hijo, en un lugar muy especial del que pronto os hablaré, y sin apenas preguntarle, ya nos había dado su opinión sobre el régimen que oprime al pueblo iraní. "Yo creo en Dios, pero no como creen ellos", refiriéndose a los que hace casi 40 ellos redactaron leyes basadas en escrituras religiosas del siglo V. Cuando llegamos a su casa, su madre y su hermana nos abrieron la verja de la misma con una sonrisa de oreja a oreja, casi abalanzándose sobre nosotras para abrazarnos y agradecernos la visita. Ambas vestían ropa de calle, pero ninguna de las dos llevaba pañuelo. Afortunadamente, como dije, las imposiciones aún no han llegado de puertas para adentro. Su hermana nos llamó la atención desde el primer momento; una chica alta y delgada, con unos leggins negros, una camiseta amarilla (casi) fosforita de tirantes, muy ajustada, y una coleta alta, rubia, larguísima. Su prima, nada más llegar, desapareció un momento y volvió vestida también con leggings y una camiseta gris sin mangas de Diesel. Pasado un rato, nos dimos cuenta que las únicas en aquella casa que seguíamos cumpliendo las obligaciones del ayatolá Khomeini éramos las de fuera. Así que, siguiendo siempre la premisa de "allá donde fueres, haz lo que vieres", nos quitamos también el pañuelo y la chaqueta. 


Hicimos fotos, la madre nos enseñó cómo tejía alfombras en una de las salas de la casa, nos enseñaron fotos, conversamos, nos reímos e intercambiamos esas opiniones que se intercambian cuando sólo hay mujeres presentes. Habíamos llegado de buena mañana y ya era de comer. El marido de Bahareh - probablemente el chico más risueño, educado y atento que conocimos en todo el viaje - estaba apunto de llegar, con la comida preparada que había ido a comprar, y metidas ya tanto en el papel de "musulmanas obligadas" por unos días, preguntamos: "¿Nos lo ponemos de nuevo?" No nos dio opción. "No, no, no, no. Que baje él la mirada, que es lo que les han enseñado a hacer". "Bastante cumplimos nosotras ya", pareció decir. Y así fue. Llegó, fue tan amable y servicial como en ocasiones anteriores, pero no nos miró en todo el rato que duró aquella comida en ese país de mujeres rebeldes (con causa) al que algunos llaman Irán. He de reconocer que nos chocó su reacción porque estamos acostumbradas precisamente a la contraria. Pero él hizo lo que se supone que los musulmanes deben hacer, cumpliendo ese versículo del Corán que, sorprendentemente, pocos parecen haber querido leer. "Di a los hombres creyentes que deben bajar su mirada y proteger su pudor. Esto será una mayor pureza para ellos".

15 de enero de 2017

CON LA INTENSIDAD DE UN VIAJE

No hay nada que viva más intensamente que un viaje. Lo disfruto con pasión, con ilusión, con curiosidad y con ganas. Con ganas de crecer, de aprender, de experimentar y de sentir. Con ganas de que me traspase y de que, a mi vuelta, ese destino viaje en mí. Preparando mi mochila para emprender una nueva aventura, no puedo evitar acordarme de mi viaje a Irán hace unos meses. Una experiencia inolvidable en la que admiré paisajes y mezquitas impresionantes, conocí a personas que me recordaron que todos somos uno divido en carne y me emocioné mucho. Es lo malo de vivir de una forma tan intensa, que corres el riesgo de llorar un poquito.

La primera de ellas, cuando la familia de Bahare nos llevó a la estación de autobuses para despedirse de nosotras. Les conocimos en la calle, en un evento en la famosa plaza de Isfahan, y nos acogieron en su casa durante nuestra estancia allí. Comíamos con ellos, dormíamos con ellos y pasábamos el día con ellos. A ella le regalé mi maquillaje y parte de mi ropa; no porque Bahareh lo necesitara sino porque yo necesitaba darle lo único que tenía. Nos repitió en varias ocasiones que le ha había pedido varias veces a Allah que le llevara a extranjeras a su casa, para dejar de pensar en la realidad. Es tan humilde que encima se sentía agradecida ella por haber disfrutado de nosotras esos días y, cuando entre lágrimas y abrazos, nos lo recordó al subir al autobús, no pude evitar llorar con ella.


La segunda vez fue en Shiraz, cuando nos colamos en la mezquita más grande de la ciudad, en la que miles y miles de chiítas celebraban el día en que Muhammad fue elegido por Dios como el profeta. Fue entrar en otra realidad, en otro mundo. En un ambiente cargado de esa energía incontrolable, de ese algo que no se puede explicar con palabras pero que te sacude desde la nuca hasta los pies. Estábamos en medio de una paz que nos revolvió, nos puso los pelos de punta y nos emocionó como si fuéramos una más.

Y, por último, en Yazd, en el sur de Irán, cuando ya quedaban pocos días para volver a casa. Era de noche y Reza, el camarero del bar de zumos que habíamos conocido en Shiraz, con el que tanto nos habíamos reído, nos escribió para decirnos que teníamos que volver a su ciudad para seguir disfrutando juntos. Pero no podíamos; ya no teníamos tiempo, había que volver. Había que terminar nuestra andanza por Oriente. Y me volví a emocionar. Por la sensación de libertad que me produce el tener sólo una mochila llena de lo que soy capaz de cargar, por sentirme afortunada y a la vez desdichada por saber que personas como yo han nacido en el país equivocado, por saberme pequeña en un mundo tan complejo, por recordar lo efímero de nuestra existencia y por saber que sólo estamos de paso y que no hay mayor recompensa que la de saber que alguna vida ha respirado mejor porque tú has vivido.

LA HOSPITALIDAD IRANÍ

Ambas fotos son en Isfahan (Irán), en una plaza en la que nos paramos a descansar. Al poco rato de estar allí, refrescándonos en una de las innumerables fuentes que hay por el país, se nos acercó un chico. Un joven que poco antes nos había visto pasar por delante de su tienda. Traía en la mano un melón de esos pequeños, redondos y amarillos, y un cuchillo. No dijo ni una sola palabra pero con su sonrisa lo dejó bien claro. "Esto es para vosotras". No sólo nos lo dio sino que nos lo cortó él mismo, rodaja a rodaja, hasta que se terminó. A los pocos minutos se acercó otra persona, esta vez un niño que salió de una mezquita, en calcetines, con una bolsa grande llena de pequeñas bolsitas de frutos secos (¡benditos pistachos iraníes!) y bocadillos de queso con pepinillos. Ambos vinieron, nos dieron lo que traían para nosotras y, con ese increíble gesto de bajar la cabeza mientras te llevas la mano al corazón, se marcharon. Sin decir absolutamente nada. Diciéndolo todo. Así que ya sabéis. No vayáis a Irán, puede que la gente os dé de comer en mitad de la calle, a plena luz del día. Con premeditación y alevosía.



"Lo mío con Irán fue amor a primera vista… Pero no fue cualquier amor, fue amor del bueno y del puro. Y es que Irán es un lugar que recibe al visitante, lo abraza, lo consiente, lo deslumbra, lo maravilla, le quita la respiración, luego lo enamora y finalmente lo deja ir con millones de imágenes y experiencias imborrables en la cabeza y un profundo deseo de volver a visitarlo antes de morir". - Blog de Banderas

5 de diciembre de 2016

EL PAÑUELO TIENE EL VALOR QUE TÚ LE DES

Es increíble la cantidad de mujeres que, tras mi viaje a Irán, me dicen que a quién se le ocurre ir a un país en el que te obligan a ponerte un pañuelo sólo por ser mujer. Como si no hubiera nada más denigrante en esta vida. Como si eso fuera lo más importante a tener en cuenta antes de visitar una cuna de civilizaciones. Para entrar al Vaticano - o para entrar en misa durante mi etapa en un colegio católico - es requisito indispensable cumplir unas normas de vestimenta. Para entrar en Irán, igual. Ni que decir tiene que, como imposición que es, me parece opresivo e injusto. Pero no por mí, que sólo estoy de paso y voy de buena gana y de forma voluntaria, sino por los millones de mujeres iraníes que lo llevan obligatoriamente toda su vida. Aunque, repito, ojalá lo más grave para los ciudadanos en Irán fuera eso. Para una extranjera que va de vacaciones es sólo un complemento más. Un complemento que te protege del Sol que pega, especialmente en verano, y que resulta insignificante si lo comparas con la cantidad de realidades, personas, monumentos, historias y paisajes que te permite conocer. Si me dicen que para conocer Birmania tengo que llevar siempre un collar, me pongo un collar nuevo cada día. Si me dicen que para visitar Senegal tengo que ir vestida de color azul, me llevo azul hasta el pijama. Y si me dicen que para estar en Irán tengo que llevar un pañuelo, me llevo varios de casa y me compro otros tantos allí, en cualquier bazar. ¿Un pañuelo a cambio de uno de los mejores viajes de mi vida? Fair enough, que dirían aquellos. No pasa nada. Firmo. Es sólo tela. Sigo siendo la misma. Solo que ahora, además de haberme puesto en la piel de muchas mujeres, tengo decenas de experiencias nuevas en la mochila gracias, entre otras cosas, a llevar un pañuelo de aquella manera (como lo llevan ellas). ¿Vuestro valor como mujer os lo da u os lo quita el llevar una tela en la cabeza? ¿Qué sois? ¿El ayatolá Khomeini?


6 de noviembre de 2016

POR ELLAS

Creo que no es la primera vez que digo que lo que más me gustó de Irán fueron sus mujeres. No he tratado con gente más rebelde en mi vida. Mujeres con las que conversamos, de tú a tú y sin muros de por medio. Mujeres que nos acogieron en su casa, sin pedirnos nada más que compañía, y con las que descubrimos lo dura que es la realidad en ciertos lugares. Eran chicas como yo, como Cris y como Eva. Más jóvenes. Con niños que ya iban al cole. El reloj biológico de otros así lo había querido para ellas. Personas con sueños, con ilusiones y con ganas de vivir. A pesar de todo. De experimentar, de descubrir y de sentir. Jóvenes que se reían con las mismas cosas que nosotras y disfrutaban como disfruta cualquier ser humano. Nos preguntaban que si nos gustaba nuestro "marido". Una de tantas preguntas que nos hacía pensar. Vacilaban con sus primas y hermanas sobre los mismos temas que vacilo yo con mi gente mientras no dejaban de hacernos preguntas sobre nuestros viajes y nos pedían que les enseñáramos fotos. Continuamente. Andaban por casa como cualquiera, descalzas, con sus leggins negros, su camiseta de manga corta y su moño mal arreglado. Pero por la calle llevan chador. "¿Cómo me va a gustar llevar esto? Es sólo que mi marido es muy celoso". Os prometo que hiela la sangre la naturalidad y normalidad con la que hacen ciertas afirmaciones. "Resignación, Carlota. ¿Qué voy a hacer?". Ni siquiera había elegido con quién casarse. Chavalas coquetas y presumidas que visten de riguroso negro y dejan aparcado el maquillaje para poder entrar a la Universidad. Aunque haya carreras, como la que yo estudié, a la que tengan prohibido el acceso. Les comentábamos que nos había llamado la atención que en el vuelo a Teherán sólo una única mujer llevara la cabeza cubierta. Con un hijab verde oscuro. Y nos miraban con cara de "¿y de qué os extrañáis?" Les obligan a ser musulmanas. O, mejor dicho, a parecerlo. Porque podrán imponer leyes y normas, pero jamás impondrán creencias. Mucho menos a un pueblo culto. Jamás.


18 de mayo de 2016

¿ES PELIGROSO VIAJAR A IRÁN?

No, rotundamente no. Es cierto que pararse a mirar detenidamente la ubicación exacta de Irán en un mapa no es, de primeras, lo más tranquilizador del mundo. Vecinos como Siria, Irak, Turquía, Arabia Saudí, Emiratos Árabes, Turkmenistán, Pakistán, Afganistán... Entre eso y la incesante labor de los medios de comunicación por hacer que sólo nos lleguen noticias entre malas y muy malas de ciertas partes del mundo, es normal que Irán asuste. Nos han educado para eso, para que nos dé miedo. Para que no pensemos por nosotros mismos y para que no se nos ocurra salir a descubrir un país con infinidad de cosas por ofrecer. Para que ni se nos pase por la cabeza tratar con un pueblo, como ya he comentado, amable, tranquilo, culto, con ideas propias, hospitalario, rebelde y educado. No vaya a ser que a alguno se le pegue algo...


Irán es un país de esos que consigue que ya estés pensando en tu siguiente viaje cuando aún ni siquiera has vuelto a casa. Una de esas realidades que te recuerda porqué hace años que no ves los telediarios ni nada que se le parezca. Un entorno que te obliga a gritar a los cuatro vientos todo lo que te ha regalado durante tus días allí. Sé que hasta que no lo veas no lo terminarás de creer, pero la sensación de seguridad total que se respira en la calle, tanto de día como de noche, es una evidencia que todos los que hemos visitado el país podemos confirmar. Es cierto que la gente te mira mucho, pero lo hacen siempre desde la distancia, el respeto, la prudencia y la más profunda curiosidad. Les encanta recibir extranjeros y, sin darte casi ni cuenta, le habrás contado a medio país de dónde eres, por qué estás en Irán, de qué equipo eres, si estás casada o soltera, qué países has visitado, en qué trabajas, cómo es tu ciudad...

Nadie puede negar que el turista es el centro de atención pero puedo prometer y prometo que el nivel de acoso es nulo. O, para curarme en salud, prácticamente nulo. Evidentemente, como en cualquier lugar del mundo, pueden ocurrir episodios feos en momentos concretos y con personas determinadas (¡faltaría más!) pero sentirse agredido, violentado o acosado en Irán es muy, muy, muy complicado.


Es posible que aún sabiendo que la seguridad es uno de los puntos fuertes del país, te asalte la eterna pregunta. "Pero... ¿también es seguro para chicas?" He de reconocer que durante nuestro tiempo allí no vimos ni un solo grupo de chicas viajando sin hombres. Ni uno. La inmensa mayoría de los que actualmente visitan Irán lo hace en macro-grupos organizados de unas 10-20 personas. ¡Qué agobiorrrrrr! O en pareja. O en grupos mixtos de colegas. Pero apenas hay chicas solas. Y, honestamente, no hay razones para ello. Al contrario. Irán es un país muy tranquilo y cómodo para el visitante, donde cualquiera está dispuesto a ayudarte antes de que puedas pedir ayuda.

Y aunque suene raro en el mundo en el que vivimos, no sólo no es peligroso para extranjeras sino que - para mi forma de entender los viajes - es mucho más recomendable viajar sólo chicas. Sin hombres, solamente mujeres. Y por vuestra cuenta, claro. Sin nada organizado. Es verdad que ellos no tienen que cumplir un código de vestimenta tan marcado como el nuestro, pero siendo mujer es muchísimo más fácil adentrarse en el país, en las conversaciones, en los paseos, en las casas, en los planes, en los secretos... Ellos nunca podrán descubrir como nosotras todo lo que la mujer iraní esconde detrás de su velo. Y os aseguro que ese, precisamente ese, es uno de los mayores tesoros de este desconocido y misterioso rincón de Oriente Medio.


Así que si la seguridad del país es lo que te preocupa... olvídate de todo y compra ya tu vuelo.

¡En Irán te están esperando con los brazos abiertos!

¿SABÍAS QUE EN IRÁN...?

- La homosexualidad es castigada con pena de muerte pero las operaciones de cambio de sexo están permitidas. Fue el mismísimo Ayatolá Khomeini, el fundador de la República Islámica, el que aprobó que así fuera.

- Consumir alcohol está prohibido y la gente no sólo lo consume (gracias al mercado negro) sino que es bastante habitual que algunos lo produzcan en casa. Cerveza y vino principalmente. Y, aunque no lo hemos comprobado de primera mano, por lo que cuentan, de bastante buena calidad.

- Tanto si eres iraní como si no, si eres mujer tu vestimenta debe cumplir tres requisitos básicos: pañuelo en la cabeza, manga por debajo del codo y culo siempre, siempre cubierto.

- La moneda del país es el rial pero la gente habla en tomanes, una moneda que no existe. Incluso muchos precios están escritos en tomanes. De ahí que sea muy importante saber en todo momento en qué moneda nos estamos comunicando. (1 euro son aprox. 38.000 riales. Y 1 tomán son 10 riales)


- Los iraníes no son árabes. Ni tampoco lo parecen. Ellos mismos te lo recordarán en varias ocasiones. "No somos árabes, somos persas". Pero, aunque la mayoría que sí lo son, tampoco es del todo cierta la afirmación. Los iraníes también son azeríes, kurdos...

- Irán es el país del mundo en el que más operaciones de rinoplastia se hacen.

- A diferencia de lo que nos resulta habitual, la mayoría de los maniquís en las tiendas son hombres.

- Los números allí son diferentes. Aunque una vez que te familiarizas con ellos resultan bastante intuitivos, siempre llama la atención convivir con algo que no es nuestra verdad universal.


- Es uno de los mayores exportadores a nivel mundial de petróleo, gas natural y... pistachos. Maravillosos pistachos. He de reconocer que llevaba años sin tomarlos y no he podido evitar volver a casa con una bolsa llena de ellos. ¡Qué manjar!

- En Irán tienen un calendario diferente al nuestro y mientras que aquí es 18/05/2016, allí es 29/02/1395.

- Los iraníes hablan farsi. Es cierto que también se lee de derecha a izquierda pero, aunque su escritura nos parezca árabe, no lo es.

- Irán es una República Islámica poco religiosa. Cuando visitas países musulmanes como Marruecos, por ejemplo, es literalmente imposible no escuchar las múltiples llamadas a la oración desde las diferentes mezquitas que siempre te rodean. El viernes, el día sagrado, la gente se pone sus mejores galas. Puedes encontrarte gente rezando en prácticamente cualquier lugar de las ciudades. Las mezquitas siempre están llenas. Llenas no, llenísimas. Tanto en su interior como fuera de ellas. Pero en Irán esto no ocurre. Las llamadas a la oración son tan discretas que a veces ni te percatas de que están sonando, en el día a día las mezquitas están prácticamente vacías, tampoco es habitual ver a nadie rezando en la calle...


- El transporte público (taxi, metro, autobuses...) es baratísimo y no hace falta ser un genio para darse cuenta que el hecho de que la gasolina valga nada y menos puede tener algo que ver.

- Hasta hace nada, conseguir el visado para entrar a Irán era un jaleo. De tiempo, de papeles, de dinero...
Pero desde hace pocos meses la cosa ha cambiado y ya no sólo no tienes que cubrirte el pelo si eres mujer para hacerte la foto sino que si vas un tiempo determinado al país te hacen el visado directamente en el aeropuerto, a tu llegada.

- Es tan habitual ver a mujeres vestidas de riguroso negro, con el chador cubriendo todo su cuerpo salvo su cara, como ver a chicas maquilladísimas, con las cejas pintadas y tatuadas, la nariz operada, con el pañuelo lo más atrás que la gravedad permite, colores llamativos... Modernísimas rozando lo hortera.

- Las letrinas suelen ir acompañadas no sólo de grifo con regulador de temperatura sino también con cisterna. Y si aquí una servidora ya era fan incondicional de este tipo de baños, después de haber descubierto estos dos complementos extra creo que ya puedo morir tranquila.



- La censura es una de las asignaturas preferidas de sus gobernantes. Decenas de libros están prohibidos, pero la gente los tiene en casa. La televisión por satélite está prohibidas pero en muchísimos hogares ven cualquier canal del mundo. Múltiples webs como Facebook están capadas en todo el país, pero la gente
se las apaña con filtros y similares para saltarse una vez más la prohibición.

- Si en tu pasaporte tienes algún sello de Israel, se te prohibe la entrada al país.

- Visitar Teherán ha sido lo más parecido que he hecho en mi vida a descender a las cloacas, al inframundo. El aire de la ciudad es puro veneno y el olor a neumático y combustible aún lo tengo en la garganta.

- No encontrarás ni un solo McDonalds en Irán.

17 de mayo de 2016

¿QUE POR QUÉ IRÁN?

"¿Que por qué Irán? Porque no me creo nada".


CÓMO VESTIR EN IRÁN Y NO PARECER UN SACO DE TRAPOS A LA DERIVA

Irán es una República Islámica que se rige por la sharia. Oseasé, por la ley islámica. Así que si vas a viajar a Irán y eres mujer has de saber que existe un código de vestimenta muy claro que se aplica tanto a iraníes como a extranjeras. No hay distinción. Da igual quién seas y la época del año en la que vayas. Tu indumentaria deberá cumplir principalmente tres condiciones básicas: pañuelo en la cabeza, manga por debajo del codo y culo siempre, siempre cubierto. Pero que no cunda el pánico. Hacer la mochila para viajar con estos requisitos no es tan grave como parece ni tan restrictivo como muchos cuentan....


¿Qué ropa me llevo entonces? ¡Te cuento!

Pañuelo en la cabeza:

Tienes que llevarlo sí o sí, no hay excusas. El primer día te resultará extraño hacerlo pero al segundo te sorprenderás a ti misma combinándolo frente al espejo y acostumbrándote a una prenda con la que nunca antes habías convivido. ¡Ha llegado el momento de darle una nueva utilidad a esas pasminas que tienes por casa! Eso sí, es muy importante que tengas en cuenta - tanto con esta prenda como con todas las demás - que una cosa es ir tapada y otra cosa es ir asada como un pollo. Si te pones en la cabeza a 35 grados el mismo pañuelo que te pones al cuello en pleno invierno burgalés, evidentemente, odiarás haber ido al país de los ayatolás. Pero con un pañuelo ligero no sólo no pasarás ni pizca de calor sino que te servirá para protegerte del incesante sol que ya luce desde hace días y apenas lo notarás. 


El velo en la cabeza en Irán se lleva de forma muy diferente a como se lleva en Marruecos, por ejemplo. Mientras que en el Magreb todas las mujeres que llevan hijab lo llevan ajustado a la cabeza, cubriendo totalmente su pelo, en Irán es prácticamente todo lo contrario. Por un lado están las mujeres que visten el mítico chador negro y por otro lado están todas las demás. Las chicas llevan el velo de cualquier manera, muy suelto y con más de media cabeza descubierta, aguantándolo lo más atrás posible con un moño/pinza, como echando un pulso a lo que para muchísimas de ellas es una pura imposición con la que, evidentemente, no les gusta tener que convivir. Alguna de ellas lo sujeta incluso detrás de las orejas. A veces, de hecho, vas por la calle y parece que estás viendo un concurso llamado "Cómo llevar un pañuelo en la cabeza cubriendo lo menos posible". Chicas que lo primero que hacen al llegar a casa es quitarse el velo, mujeres que en el avión no lo llevan y se lo tienen que poner nada más llegar, jóvenes con las que te encuentras en un ambiente más íntimo (como en un hotel) y son las primeras en echarte el pañuelo para atrás e incluso quitártelo, como diciendo: "no seáis más papistas que el Papa, jodidas".



Aunque es cierto que la mayoría de ellas suele llevar el pañuelos en tonos muy oscuros o tonos pastel, no hay ningún problema en utilizar cualquier color o cualquier estampado. Y si se te cae, no pasa nada. Te lo vuelves a poner y ya está. No hay nadie esperando ese segundo y medio que estás sin pañuelo para echarte la bronca por semejante atrevimiento. De hecho, las veces en las que hemos perdido el pañuelo mientras hablábamos con iraníes no sólo no nos han dicho ni sino que se han reído (¡y de qué manera!) ante nuestro tremendo sobresalto. "¡¡¡Uy, que se me ha caído el pañuelo!!!" Si para muchas de ellas el outfit diario ya es un disfraz que les obligan a llevar, imaginad lo que deben pensar al ver a mujeres de fuera metiéndose voluntariamente en ese berenjenal.

Culo cubierto:

Indispensable. Vestidos, camisetas largas sueltas, camisolas, guardapolvos... Lisos, estampados. Discretos, llamativos. Todo vale con tal de que no marques tus curvas, con tal de que no se intuya la forma de tu culo. 


Manga por debajo del codo:

El tercer requisito indispensable. La inmensa mayoría de las mujeres lleva manga larga pero con una manga 3/4 no tendrás tampoco ningún problema. Aunque en un principio pudiera parecer que el pañuelo en la cabeza es lo más incómodo de la indumentaria iraní, para nosotras la manga larga ha sido, sin duda, lo más molesto ya que apenas tenemos cosas en el armario de manga larga que no abriguen y el calor en Irán a estas alturas del año aprieta ya bastante, tanto de día como de noche.

Pantalones:

Antes de viajar a Irán leímos en varias páginas que era prácticamente obligatorio llevar pantalones anchos, bien sueltos, y nada más lejos de la realidad. Si ni ellas mismas lo llevan así, no seamos nosotros más puritanos que ellos. Si llevas el culo bien cubierto da exactamente igual lo que lleves debajo. Pantalones anchos, pitillos, leggings, vaqueros... Lisos, estampados. Sueltos, ajustados. No importa. Lo único que no debes marcar es el cucu.


Calzado:

El que quieras. Tacones, zapatillas, sandalias, botas, chanclas, zapatos... No hay normas.

Maquillaje:

Puedes maquillarte todo lo que quieras y más, jamás alcanzarás su nivel de maqueo. Labios rojos, kilos de pote, rimmel a mansalva, colorete por doquier, cejas tatuadas/pintadas... Y no sólo eso sino que Irán - para sorpresa de muchos - es el país del mundo con más operaciones de rinoplastia. Es muy habitual ver a chicas por la calle con la típica tira blanca en la nariz tras una operación de cirugía estética. De hecho, cada vez hay más hombres que se apuntan a esta moda que para muchos roza ya el nivel de obsesión. Así que si te preocupaba llamar la atención con tu maquillaje... no hay de qué preocuparse. Estás más que a salvo en este mar de cosméticos al que algunos llaman Irán.

15 de mayo de 2016

COSAS QUE PASAN AL VIAJAR A IRÁN

Durante el tiempo que pasamos en Shiraz (Irán) se celebró el día en que Muhammad fue elegido por Dios como el profeta y Cris y yo nos metimos esa noche en la mezquita más grande de la ciudad, ataviadas con un chador de leopardo de lo más discreto que nos dejaron para poder entrar. Tras pasar los controles de seguridad, nos abrieron literalmente el telón y fue como entrar en otra realidad. En otro mundo. De luz, de color. De mayores, de niños. De hombres, de mujeres. De sonrisas, de llantos. De negro sobre negro. De pura belleza. Compartir desde dentro un momento tan mágico con miles y miles de chiítas ha sido, sin duda, uno de los momentos más emocionantes e inolvidables de mi vida. La piel de gallina durante casi todo el tiempo que estuvimos dentro y lágrimas en los ojos de pura emoción, de pura energía incontrolable, al estar en medio de algo tan sumamente increíble. Una paz que te revuelve, una guerra que te tranquiliza. Escalofríos que nacen en la nuca y mueren en los pies. Un ambiente único con un misticismo que no se puede explicar, pero que te sacude sin poderlo evitar.




14 de mayo de 2016

GRAFFITIS EN TEHERÁN

"El 22 de octubre de 1979 el Sha de Irán, Mohammad Reza Pahlevi, viajó a Nueva York para ser sometido a un tratamiento contra el cáncer. El 1 de noviembre, el nuevo líder de Irán, el clérigo islamista chiíta, el ayatolá R. Jomeini, encabezó una revolución islamista que buscaba un nuevo gobierno, argumentando que el Sha era un títere de los intereses de Estados Unidos y que debía ser depuesto para imponer un nuevo gobierno, una república de carácter teocrático.

El 4 de noviembre la embajada estadounidense de Irán fue rodeada por un grupo de alrededor de 500 estudiantes iraníes seguidores de la revolución islamista. Cincuenta y dos estadounidenses fueron tomados como rehenes durante 444 días, mientras que seis diplomáticos lograron escapar de la embajada durante la toma, los cuales fueron refugiados por el embajador canadiense y su esposa en su residencia hasta su rescate. El Presidente Carter llamó a las víctimas del secuestro "víctimas del terrorismo y la anarquía" y añadió que Estados Unidos no iba a ceder al chantaje.

A menudo, el movimiento islamista mostraba a los rehenes con los ojos vendados a la población local y a las cámaras de televisión. Los rebeldes islamistas dijeron que los ciudadanos cautivos serían liberados únicamente a cambio de la extradición del Sha a Irán para ser juzgado por "crímenes contra el pueblo iraní" en consonancia con las palabras del líder islamista, el ayatolá Jomeini, con una retórica fuertemente antiestadounidense, denominando repetidas veces al gobierno estadounidense como 'el Gran Satán' y 'el enemigo del Islam'."

Y aunque el pueblo iraní no parece tener nada en contra de los americanos, lo cierto es que actualmente, en los muros de aquella embajada de Estados Unidos en Teherán (Irán) asaltada hace casi 40 años, lucen estos graffitis en contra de América e Israel.









13 de mayo de 2016

IRÁN (Y VOLVERÁN UNA Y MIL VECES)

Llenando la mochila de experiencias únicas en un país increíble que ha superado con creces nuestras altísimas expectativas. 

Isfahan, Irán.

12 de mayo de 2016

DECIR QUE VAS A IRÁN SIN QUE CUNDA EL PÁNICO

No se puede. Perdón por el realismo pero no se puede. No es posible decir "Me voy a Irán" sin que salten todas las alarmas. Los que hemos estado en países con mala fama sabemos cómo suelen ser las reacciones de la gente. Esa cara de estupefacción, asquito y preocupación unida a frases tan tranquilizadoras como "os va a pasar algo", "¡a quién se lo ocurre!" o "¿no tenías otro sitio al que ir?".


Pero con Irán ocurre algo diferente. Para el imaginario occidental es un destino tan profundamente desconocido, terriblemente oscuro y sumamente lejano que nadie se ha planteado jamás escuchar la frase "Me voy a Irán". Mucho menos de vacaciones, mucho menos de boca de una chica. Por eso, cuando dices esas cuatro palabras tan inquietantes la gente no reacciona. Durante dos segundos, entra en shock y se queda parada mientras su mente bombardea (¡qué bien traído el verbo!) ideas como "guerra, infierno, devastación, ISIS, lapidación, armas químicas, atentados, muerte, terrorismo, destrucción masiva". Irán y no volverán, vaya. Y cuando, por fin, vuelven a su ser lo único que son capaces de articular - con cara de pánico y los ojos fuera - es... "¿A Irán?". Sí, amigos. A Irán. Me voy a la República Islámica de Irán. Al Eje del Mal, como lo llamó Bush.


Un país curioso y misterioso que poco a poco y desde hace nada, va abriendo sus puertas. Un lugar muy, muy, muy seguro sobre el que todos los viajeros que lo conocen hablan maravillas, sin excepción. Una nación que es la cuna de la civilización. Un entorno fácil y cómodo para el extranjero en el que se respira historia, rebeldía y ganas de libertad. Un sitio con una gente que te cautiva como jamás pensaste que nadie podía hacerlo. Un territorio tranquilo y silencioso cuya arquitectura te deja sin habla. Un mundo totalmente diferente en el que la Coca-Cola es un invento reciente y el McDonalds no existe. Un pueblo culto, con unos niveles de amabilidad a los que no estamos nada acostumbrados, deseoso por descubrir y esperando a ser descubierto.



"No vayas a Irán... puede convertirse en el mejor viaje de tu vida".