Es tu primer viaje a Marruecos y todo el mundo te habla como
si no te fuera ver nunca más. Parece difícil creer que en un mundo lleno de jinetes de camellos con toallas en la cabeza y
primos hermanos de Bin Laden una joven pueda estar a gusto. Pero basta con
abrir un poquito los ojos - y la mente, ya que estamos - para darse cuenta de que las advertencias
infundamentadas y los consejos alarmistas no son buenos compañeros de viaje.
Una de las mayores preocupaciones que suelen tener tus allegados cuando viajas a Marruecos es que te vayas a morir de hambre. Claro, como vas a África... ¿Qué vas a pasar? Pues hambre. Son muchos los que con cara de nuevo rico estreñido – o de piojo resucitado – te dicen: Pero... ¿y qué comen por esos sitios? Supongo que la respuesta que esperan es pasteles de barro o algo similar y cuando les dices que la comida marroquí es estupenda se lo creen casi tanto como lo de que las mezquitas no son centros de entrenamiento para fabricantes de bombas caseras sino lugares de culto, similares a una iglesia (sólo que a Dios le llaman con otro nombre).
Pero sí, lo es. La comida marroquí es exquisita. Elaborada y
variada. Natural y sabrosa. Fresca y casera. Rica y colorida. Barata y buenísima. Siempre con
muchas especias. Esas aceitunas, ese pan untado en ese aceite, ese malawi, esos batidos, ese cous-cous, ese té con hierbabuena, esas ensaladas, esas sardinas, esos tajines de pollo con miel y ciruelas, esa harcha, esa verdura, esa fruta, ese pescaíto frito, esos dátiles, esa mermelada, ese rghaif, esos dulces, esos garbanzos, esas almendras calientes, ese café, esa harira, esas salsas, esos zumos, ¡¡¡esa kefta de mi vida con huevo, tomate y patatas!!!
En Marruecos se come comida, algo cada vez más difícil a este lado del Estrecho. No se come un conjunto de productos químicos envasados, pre-cocinados, nuevamente envasados y pre-calentados. No, no. Allí comes un tomate y sabe a tomate. Tomas un vaso de leche y - ¡oh, dios mío! – sabe a leche. Comes un melocotón y sabe a melocotón. Y una de mis mayores debilidades cuando estoy allí, la mantequilla. En España nunca la tomo, pero en Marruecos… esa mantequilla en barras, ese sabor… ¡Me la tienen que quitar de las manos!
En Marruecos se come comida, algo cada vez más difícil a este lado del Estrecho. No se come un conjunto de productos químicos envasados, pre-cocinados, nuevamente envasados y pre-calentados. No, no. Allí comes un tomate y sabe a tomate. Tomas un vaso de leche y - ¡oh, dios mío! – sabe a leche. Comes un melocotón y sabe a melocotón. Y una de mis mayores debilidades cuando estoy allí, la mantequilla. En España nunca la tomo, pero en Marruecos… esa mantequilla en barras, ese sabor… ¡Me la tienen que quitar de las manos!
Hay comida por todas partes. La gente come mucho y muy a
menudo. Se pasan el día comiendo. De hecho, me atrevería a decir que en realidad nunca dejan de comer. Da igual la
hora que sea, siempre encontrarás a gente comiendo. Siempre que no sea Ramadán, claro. Cuando estás en casa de alguien
no habréis terminado de comer y ya estarán preparando la merienda. La gente acabará de
cenar (¡y de qué manera!), saldrá a la calle a tomar algo y se comprará caracoles,
quesitos, dulces, batidos de fruta varios y variados... Es cierto que a las
mujeres se les suele notar más este non-stop,
especialmente cuando hacen vida de casadas, pero a los hombres… Lo de la genética
masculina marroquí es algo digno de estudio, la verdad.
En el país vecino la carne de pollo es una de las más utilizadas para cocinar y, como en el resto de países musulmanes, no
se come cerdo porque es haram (pecado). ¡¡Pero qué me dices!! Calma, 3cheri. Calma. Parece increíble pero hay vida después del cerdo. Y, por lo visto, más sana.
La comida de un país como Marruecos puede provocar cierto rechazo a los más exquisitos y/o escrupulosos por el hecho de que se manipula con las manos (tanto para hacerla como para comerla) pero… ¡bienvenido a África y bienvenido al mundo árabe, amego! Comer y dar comida a otro con las manos es una forma de vida y relacionarlo con gente ‘salvaje, sin educación y sin refinamiento’ es de ser más piojo resucitado de lo que parece.
Nota: no tengo datos numéricos de España y de Marruecos que lo corroboren, así que no diré en cuál de los dos países creo que hay actualmente más gente a la que le falta un plato de comida que llevarse a la boca. Para no sonar alarmista, vaya.
La comida de un país como Marruecos puede provocar cierto rechazo a los más exquisitos y/o escrupulosos por el hecho de que se manipula con las manos (tanto para hacerla como para comerla) pero… ¡bienvenido a África y bienvenido al mundo árabe, amego! Comer y dar comida a otro con las manos es una forma de vida y relacionarlo con gente ‘salvaje, sin educación y sin refinamiento’ es de ser más piojo resucitado de lo que parece.
Nota: no tengo datos numéricos de España y de Marruecos que lo corroboren, así que no diré en cuál de los dos países creo que hay actualmente más gente a la que le falta un plato de comida que llevarse a la boca. Para no sonar alarmista, vaya.


